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viernes, 13 de noviembre de 2009

José Mª Amigo Zamorano: La caida de D. Eusebio García Luengo


La primera vez que D. Eusebio García Luelmo nos habló de su claustrofobia fue en el bar Pinar de Las Navas del Marqués. Este bar está en la Avenida Principal antes del Generalísimo. Fuimos ha hablar con él a eso de las once de la mañana. Estaba en la mesa de la esquina, junto a la una de las dos ventanas. Según se entra a la izquierda. No tiene pérdida. Es pequeño. El bar. Tenía la taza del café con el platillo encima. Café que le duraba toda la mañana (luego, leyendo a escritores que lo conocieron en Madrid, nos enteramos que hizo siempre lo mismo). Lo tomaba con una magdalena. A veces, no siempre, se le caía algo de café en la camisa. De ahí las manchas que se le veía. Y no por mugre. No por falta de higiene. Hay que decir que vivía en la calle Cervantes ¡qué casualidad en un escritor! En un chalecito u hotel, como por aquí se les llama, y era atendido por una señora que moraba enfrente, la cual le hacía la comida y le levaba la ropa. Todo lo que el viejo escritor consentía. En cuanto a lo de la ropa amplia -nos contó- era porque, efectivamente, era prestada.
-Prestada por mis hijos e hijas, si. Pero que yo las elijo.
No se las elegían.
Y los zapatos... esos zapatos que parecían haber salido de un basurero... sin lustrar... como raidos... y demasiado grandes... tenían su explicación, llevaban su por qué.
-Tengo los pies muy delicados y con ellos me encuentro a gusto; no me molestan; otros zapatos, para mi, son un tormento.
(Sobre esto nada tenemos que decir; es más, nos acordamos de una anécdota contada por Trotsky acerca de una botas de Lenin: estaban en la opera y Lenin tenía una botas relucientes, nuevas y Trotsky se admiró de ellas y las comparó con sus zapatos demasiado viejos y con alguna raja; entonces Lenin le dijo que si quería se las cambiaba por los zapatos de Trotsky ; éste aceptó y luego estuvo quejándose todo el día porque le apretaban mucho y le hacía mucho daño; en cambio Lenin estubo muy a gusto con el cambio porque para él también habían resultado un tormento esas lustrosas botas y se vio liberado de semejante suplicio.)
En la calle Cervantes se pasaba los veranos D. Eusebio García Luengo; eso si, solo; soledad voluntaria porque podía no venirse a Las Navas; también obligada, ya que su mujer, la actriz Amparo Reyes, había muerto y los hijos tenían ya su amilia. Deciamos soledad voluntaria porque D. Eusebio García Luengo era de un individualismo feroz, rabioso. De una independencia encastillada en su intimidad. Tenía que ser de ser difícil convivir día a día con él. Y lo sabía. Como otras muchísimas cosas aunque a veces se hiciera el ignorante.
El vivir solo a esa edad tiene sus ventajas e inconvenientes. Ventajas, porque vives sin que nadie contemple las miserias de la vejez. Es decir, las dificultades a la hora de vestirse, o de comer sin dientes, o de mear o de mearse en los pantalones, de... E inconvenientes, muchos inconvenientes.
Y riesgos. Y peligros.
Veamos un ejemplo: muchas noches estábamos de tertulia en una mesa del bar El Sauco. En la terraza. En plena calle. Hasta altas horas de la noche. Luego lo acompañábamos un trecho, hasta la plaza que llaman del Cristo. No admitía más. Se negaba en redondo. Y emprendía la subida de la calle Navalperal. Hundiéndose en las sombras. Un día nos dijo que el trayecto hasta su casa lo tenía estudiado meticulosamente. Y es que le iba la vida en ello, porque ver ver, lo que se dice ver, no veía mucho, aunque más de lo que él declaraba.
Por cierto, todo lo que venimos escribiento lo averiguamos poco a poco. No era muy propenso a hablar de sus dificultades. Otro día nos aclaró que esto era por orgullo.
-Los tímidos somos muy orgullosos. Yo soy tímido.
Lo cual le obligaba a no tratar estos temas de la vejez. Timidez y vergüenza de seguir siendo carne que late. Que se emociona ante una hembra, por ejemplo. Es como si se viera a si mismo haciendo el ridículo ante la moza, siendo, como era, viejo; vejez que además reivindicaba.
-Soy viejo, viejo. No maduro, ni de la tercera edad. Eso es una memez. Yo soy viejo. Y aun siéndolo se me levanta todavía, ¡qué vergüenza!
Un verano nos fuimos nosotros varios días de vacaciones. A Zamora. Dejamos Las Navas del Marqués. Al volver, desde lejos, vimos, en la terraza de el bar Pinar, al escritor. Notamos un no sé qué en su rostro, como más llena la cara, y un poco más morena, casi oscura. Nos acercamos. Tenía un tanto hichada la cara y amoratada.
-Pues esto no es nada. Días atrás la tenía como una mora.
Nos explicó que una noche, como todas, se fue caminando, cuesta arriba, hasta su morada de la calle Cervantes. Un tramo de la calle Navalperal, por donde tenía que subir para llegar a su casa, estaba, y está, poco iluminado. De modo que, como siempre, emprendió la subida, no por la acera (que no le convenía, según nos dijo) sino por la calzada, siguiendo una línea cercana al bordillo de la acera de la derecha. Algunos, pocos coches, pasaban lanzándole ráfagas de luz, alguno le pitó. Unos metros más allá tenía que torcer a la izquierda abandonando la calle Navalperal. Miró hacia arriba y hacia abajo. Lo poco que podía mirar. Por si algún vehículo venía. Nada. Atravesó la calzada y se introdujo en la que calle que atraviesa la anterior. Son unos pocos metros, todos llanos, que tiene que andar para, desviándose ahora a la derecha, meterse en la calle donde tiene su casa. Ahora, vuelta a subir hasta llegar a la puerta de su vivienda. Sin embargo, está más iluminada. Se ve mejor. Le cuesta la subida. Se detiene a veces a descansar. Luego, ayudado por su bastón o garrote reemprende su andadura. Por fin la puerta de entrada a su chalecillo. Pero ahora tiene que salvar otra dificultad, la altura del bordillo. Lo tiene estudiado. Se coloca unos pasos más arriba de la puerta y apoyándose en el bastón, toma impulso y, como otras veces, sube a la acera y ya... Pero esta vez la previsión falla, el impulso no responde y tambaleándose cae de bruces a la calzada. Se desmaya. Poco tiempo. Medio mareado, no sabe como, quizás arrastrándose, atraviesa la puerta, sube unos peldaños, y se introduce en su jardincillo. Ignora si siguió arrastrándose. Lo cierto es que abrió la otra puerta, la propia de la casa, y se acostó. En la cama. Y se durmió. Envuelto en sangre.
Por la mañana, la mujer que lo cuidaba, que vive enfrente, ve sangre en la calzada, en el jardín y se asusta. Entra en la casa. Ve a don Eusebio en la cama. Llenas las sábanas de sangre. La señora se acuerda de que el escritor tiene un nieto en Las Navas que ha vivido con su abuelo temporadas. Le avisa. Llega de inmediato con su coche. Lo lleva a Ávila. Al hospital. Por urgencias.
-¡Urgencias! -nos exclamó Eusebio García Luengo sonriendo- ¡Si, entré por urgencias! Cinco horas de espera. Curioso. Pero me curaron al final. Menos mal.
Ya se estaba recuperando. Poco a poco, el amoratado de la cara, trocado luego en casi negro, fue desapareciendo.
Aunque nosotros creemos que las secuelas le fueron fatales. Al año siguiente volvió de vacaciones al pueblo serrano de Las Navas del Marqués. Y volvimos a las charlas con él. Aunque en su hotelito. Ya no salía de su casa. Apenas. Recordamos que un médico de la localidad, José Manuel, nos dijo:
-He visto el otro día he visto a tu amigo el escritor. Subía tambaleándose y... Bueno bueno... no le quedan muchos telediarios... de vida. Creo yo.
En septiembre cuando nos despedimos de él nos dijo:
-No sé, no sé... si volveremos a vernos.
Y unas lágrimas le salieron a su amojamado rostro. Nunca antes había ocurrido tal cosa.
En diciembre murió. Y, aunque duele la noticia, no nos sorprendió.

martes, 3 de febrero de 2009

Agustín García Calvo: Para Don Felipe (1)

Para Don Felipe, contemporáneo de estos versos, memoria siempre-viva(2)



No puedo ya fingir _(3) que no sé lo que eres,
oh luna, o que no sé _ por qué creces y menguas,
ni puedo ya en verdad _ dibujar en tu cara
figuras ni un collar _ que de ánimas blancas
te ciña ni beber _ fría miel de tu cuenco.

Sé todo ya de tí, _ cómo giras y ruedas
y cómo, al par que vas _ cada tarde más gruesa
volviéndote, a la par _ sales más y más tarde,
hasta que, cuando ya _ sales justo al momento
que el sol se pone, hoy, _ toda llena seguro
que en alto cielo a tí _ te veré a medianoche,

y luego, cuando más _ trasnochando me hagas
aquí esperarte, al fin _ cuando asomes, más poca
y cada noche más _ he de verte flaquilla,
hasta que, al asomar _ con el alba, te anule
de un suspiro el sol _ como hebrilla de seda.

Lo sé todo de tí: _ que eres un mordisquito
que se desmigajó _ una vez de esta pella,
cuando se estaba aún _ para tierra cuajando,
la cual tampoco más _ era que una pavesa
que del ardor del sol _ desprendida brincara,
cuando él no era más, _ a su vez, que es destello
de un rebujón de gas _ que estalló en llamaradas

por un momento, oh sí _ un momento, que es éste,
y que por eso a tí _ te parece que dura
tan largo, pero es _ un momento cualquiera
del juego del azar _ de fugaces relumbres
de chispas que a través _ de la noche sin fondo
de vez en cuando dan _ en brillar, y se llaman
'estrella' por no más _ que el istante(*) que tarda
la boca del sinfín _ en decirle su nombre;

y más te digo aún, _ que ese juego al fin todo
de a tiempos encender _ y apagar farolillos
y de espolvorear _ el abismo de polvo
de luz y de enroscar _ caminitos de leche
tal vez solo a un rincón _ del profundo le toca,
y fuera, más allá _ de tu cielo y el mío
(¿me oyes?), más allá _ no se juega a esas cosas,
quizás a nada (¿no?) _ a silencio sin nombre.

Ya ves; y aún sé más _ de ti, luna, y te digo
que, cuando más lo sé, _ menos sé lo que eres,
y menos eres tú, _ menos eres tú, luna,
y hundiéndoteme vas _ pequeñita a lo lejos,
y te me esfumas ya _ como un guiño en un sueño.

¡Espera! Escucha aún: _ que el que sabe eso todo,
que sé quien eres tú _ y te borro, éste mismo
¿quién es? No puede ser: _ yo no puedo estar dentro
de lo que sé, y así _ no podré saber nunca
quién soy. ¿Verdad que yo _ no soy nadie ni nada?

Oh luna, dilo tú, _ díme tú "No soy nadie",
y de ese modo, yo _ seré tú que lo dices.
Sé tú mi espejo, tú _ mi espejito de plata,
que en tí me mire yo, _ y me vea que nada,
no hay nada. Líbrame _ de ilusiones, oh luna,
oh tú: desnúdame _ de mi último harapo.


Agustín García Calvo, Las Navas, agosto '97

__________
(1) El título se lo hemos puesto nosotros
(2)Dedicatoria del autor a un vecino del barrio de La Estación de Las Navas del Marqués, donde pasa temporadas el maestro
(3) La rayita se la hemos puesto nosotros. La separación es de Don Agustín.
(*) Particular ortografía del autor

(este poema, creemos, salió en las primeras páginas de la revista 'Caminar conociendo', pero al ser copiado este número a Internet se debió de olvidar porque no aparecía)

miércoles, 4 de abril de 2007

ARIAS MONTANO, UN 'ERASMO' ESPAÑOL EN LAS NAVAS




ARIAS MONTANO,
UN 'ERASMO' ESPAÑOL
EN LAS NAVAS


En medio del entusiasmo febril que se desarrolla en la construcción de El Escorial, Benito Arias Montano presencia a pie de obra aquella actividad contagiosa, aquella rapidez, coordinación e ilusión con que se alzaba día a día, y como por milagro, la fábrica gigantesca que hoy es el monasterio. En 1567 Benito Arias Montano está instalado provisionalmente en Las Navas del Marqués, dentro de alguna ermita o capilla donde prosigue sus trabajos exegéticos, concretamente 'El Comentario al profeta Oseas', su primer comentario firmado en Las Navas, a los 37 años de edad, trabajando 'labore et constantia', una tarea sólida, metódica y paciente, pero salpicando de vez en cuando la aridez del trabajo con la cita oportuna de un autor pagano e inserta con sabia elegancia un verso de algún poeta de la antigüedad. Es en este primer comentario donde hallamos la primera alusión a Las Navas en unos versos de notable ambiente bucólico.

Las Navas aparece, de nuevo, relacionada indirectamente con Arias Montano a través de una de las críticas realizadas por Luis de Estrada, teólogo encargado del examen de la obra del humanista, donde se manifiestan sus suspicacias y sus censuras inquisitoriales a través de la comparación donosa de la versión de la Biblia Regia de arias Montano con la venta del marqués de Las Navas, que siendo propietario de una venta, construyó otra nueva junto a aquella, provocando murmuraciones que '¿Para qué tanto aparato, para qué Montano? El tiempo lo cura todo / o al fin lo pone de lodo'. Y asegura que 'la Biblia como esté dure hasta el fin del mundo'.


Una de las acusaciones fundamentales dirigidas a Arias montano era su condición de 'judaizante' por tratar directamente los originales hebreos y arameos de la Biblia. Durante el s. XVI, España se encontraba inmersa en un ambiente oscurantista, un tenso clima teológico, con una Inquisición dispuesta a frenar ya sea cualquier impulwso renovador, o bien cualquier resto de judaismo, que tanto arraigo tuviera en la Península. Así cabe recordar el proceso contra 'hebraizantes' que llevó al encarcelamiento a Fray Luis de León, el mismo proceso que hubo que sufrir Arias Montano.



Firmado: Redacción de 'Caminar Conociendo'





POEMA SEGÚN PROMESA(*)




Por Benito Arias Montano


(ACTUALIZACIÓN DE LA ORTOGRAFÍA LATINA Y TRADUCCIÓN LIBRE DE AGUSTÍN GARCÍA CALVO)


(PROPORCIONÓ TODA LA INFORMACIÓN D. MODESTO RUIZ DE CASTROVIEJO Y SERRANO, CATEDRÁTICO EMÉRITO DE LA FACULTAD DE TEOLOGÍA DE 'SAN DÁMASO')


1.- Qui, sacris uatus ueterum receptus

nuper arcanis, cupidi piorum

fidus interpres populo reponens

uera caneban,


(1.- Yo que, acogido poco ha a los sagrados arcanos de los viejos profetas, le cantaba, intérprete fiel, al pueblo de los justos, que así lo deseaba, restituyendo las palabras verdaderas,)


2.- quid moto gratus celebrem poeta?

quidi prius laudum refram conoris

uersibus, uel quae resonent Nauarum

carmina rupes?



(2.- ¿qué voy, poeta agradecido, a celebrar ahora?, ¿cuál de las loas voy antes que nada a elevar ahora en sonoros versos, o qué poesías han de hacer resonar las rocas de las Navas?)


3.- Te, Deum nostri et generis parentem,

unde rerum sunt elementa et ipse

orbis et quicquid super est decori

moenia mundi,



(3.- A ti, Dios y padre de nuestra estirpe, de donde son los elementos de las cosas y el orbe mismo y cuanto hay de hermoso por sobre las murallas del mundo,)



4.- quen neque aeterni metuendaa fati


impulit primas posuisse formas

nec satas longum retinere in aeuum

ulla iubet uis,



(4.- a quien ni una fuerza temible de destino eterno le impulsó a establecer las primeras normas ni, una vez creadas, le manda fuerza alguna mantenerlas para largo tiempo,)



5.- libera ast solum sapientes ultro


consili mens haec uoluit benigne

esse, distinctis numerisque dixit

“Omnia sunto”.



(5.- sino que sólo el libre pensamiento sin más de su sabia decisión quiso benignamente que estas cosas fueran, y por números distintamente marcados dijo: “Sean todas las cosas”.)



Benito Arias Montano, Las Navas del Marqués, agosto de 1567




(*) Aunque este poema aparece completo en el número 8 de 'Caminar Conociendo' lo copiamos porque así viene en este número 7.



Todo este texto puede leerse entre las páginas II y III de 'Fontana Sonora', suplemento de la revista 'Caminar Conociendo', número 7 de julio de 1998

HALLADO EL MANUSCRITO DE LA OBRA DE LOPE DE VEGA, 'EL MARQUÉS DE LAS NAVAS'


HALLADO EL MANUSCRITO
DE LA OBRA DE LOPE DE VEGA,
'EL MARQUÉS DE LAS NAVAS'(*)


El 11 de Abril de 1562, Lope de Vega firma la obra 'El Marqués de las Navas', una de las comedias más representativas de la época y del estilo propio de Lope, cuya fecundidad habría de tener necesariamente desigualdades de crítica aún dentro de la propia composición. Es una obra escrita en alabanza de Don Pedro Dávila, por aquel entonces tercer marqués de Las Navas y a cuyo cargo ejerció de secretario. En los dos primeros actos se advierte gracia y soltura incomparables para mostrar la vida de los cortesanos de la villa, así como la situación de España en el momento en que la comedia fue creada. En ella aparecen numerosas loas al marqués ('...quien se le ve mesurado/con tan linda cara y talle/...Bravo valor: espantoso/matar a uno y a otro abrir/los cascos; no hay que decir:/Él es valiente y dichoso') Y dentro de las alusiones que en toda literatura hay a Las Navas, cabe destacar por la categoría del autor, el elogio que hace Lope de Vega a la villa de Las Navas, en voz de uno de los personajes de la comedia:


'Yacen al pie del Guadarrama helado

las Navas del Marqués (ese es su nombre)

donde el florido mayo viste un prado

que no hay escarcha o nieve que le asombre.

Mírale enfrente un monte levantado

sobre sí mismo, donde apenas hombre

atrevido pasó su centro duro:

así le defendió su ilustre muro.'


20 de Febrero de 1998, un investigador italiano, Marco Presotto, profesor de la Universidad Autónoma de Barcelona cataloga, entre otros muchos manuscritos de Lope, la comedia 'El Marqués de las Navas', que desde hace décadas estaba en paradero desconocido, localizándolo en la biblioteca de Lord Holland en Inglaterra(1).


(*) Estos datos han sido recogidos por don Modesto Ruiz de Castroviejo y Serrano, Catedrático Emérito de la Facultad de Teología de San Dámaso de Madrid, Prelado de Honor, en un extenso y prolijo trabajo de investigación, del que promete un libro, acerca de la relación de Arias Montano y Lope de Vega con Las Navas. Estudio inicial que ha donado a la Biblioteca Pública Municipal y donde se puede, además, el manuscrito de 'El Marqués de las Navas', fotocopiado, las distintas ediciones de dicha comedia y su estudio crítico; así como 'El Comentario al Profeta Oseas' y toda la bibliografía en torno a Benito Arias Montano.


LEIDO EN LA PÁGINA IV DE 'FONTANA SONORA', SUPLEMENTO DE LA REVISTA 'CAMINAR CONOCIENDO', NÚMERO 7 DE JULIO DE 1998


(1) Catalogan 44 Manuscritos de Lope de Vega
Barcelona, 19 de febrero. El investigador italiano Marco Presotto catalogó por primera vez 44 manuscritos autógrafos de comedias de Lope de Vega escritos entre 1593 y 1634, entre ellos, tres que estaban en paradero desconocido desde hace décadas y que ha localizado en Inglaterra.
Presotto, de la Universidad Autónoma de Barcelona (UAB), dijo que “los autógrafos, escritos de puño y letra y firmados por el mismo Lope, no se habían catalogado hasta ahora, al igual que sucede con otros autores del Siglo de Oro, y, en su mayoría, siguen en las bibliotecas sin que nadie los haya estudiado”. El filólogo italiano rastreó durante tres años los autógrafos de Lope, siguiendo ‘pistas’ recogidas en catalogaciones parciales que se hicieron en el siglo pasado.
Presotto resaltó la importancia de esta catalogación de los manuscritos de Lope, del que en la actualidad se conocen 400 comedias de las más de 1500 que se dice que escribió el autor.
De todos estos ejemplares, la principal novedad son los autógrafos que Presotto localizó en la biblioteca de una mansión privada de la región inglesa de Dorset, que pertenecieron al hispanista Lord Holland (siglos XVIII y XIV), primer estudioso británico de Lope.
Estos autógrafos, a los que se había perdido el rastro hace décadas, son 'El caballero del Sacramento', 'El cuerdo loco' y 'El marqués de las Navas'.
La intervención de Presotto permitió descubrir en la mansión de Dorset, en una caja metálica perdida en un armario, estos tres autógrafos de Lope junto a una veintena de manuscritos, copias de los siglosXVI y XVIII.

Fuente: Agencia EFE, 19 de febrero, 2001.

viernes, 2 de marzo de 2007

Diego de Torres Villarroel (*): CAÍDOS EN LA TRAMPA (1)

Diego de Torres Villarroel: una página de ‘Vida’, ‘Trozo Cuarto’

(Una página de ‘Vida’, ‘Trozo Cuarto’, obra de Diego de Torres Villarroel, autor salmantino, clásico de las letras castellanas-, en el que narra un suceso que le ocurrió, allá por el año de 1732, cerca de Las Navas)

CAÍDOS EN LA TRAMPA (1)

“Con la circunspección en que me metí, y con la mayor quietud a que me sujeté, empezaron a engordar mis humores, a circular la sangre con más pereza, a llenarse de conocimientos errados el estómago y a rebutirse los hipocondrías de impurezas crudas, de tristísimos humos y de negras afecciones. Subieron a ser males penosos todas estas indisposiciones desde el día veinte de enero del año de treinta y dos, que pasé a las inclementes injurias del aire y la nieve en el puerto de Guadarrama, en los montes que tiene el conde Santisteban entre Las Navas y Valdemaqueda.
Diré brevemente el suceso.

Yo perdí el camino, y, al anochecer, rogué a un pastor, que venía de una de las casas de los guardas de aquel sitio, que me pusiese en la calzada real. Recibí erradas las señas, y después de haber dejado el carril, que seguía a la distancia que el pastor me dijo, entré en otra carretera bastantemente trillada y reducida. Caminábamos sumidos en el rebozo de la capa de mí criado y yo, huyendo del azote del aire y la nieve, y a corto trecho de mí oigo un grito suyo, que dijo:


-‘Señor, que me ha tragado la tierra’.

Revolvíme con prontitud para socorrerle, y, al tomar media vuelta sobre la derecha, se hundió mi caballo con estruendo terrible y dio conmigo en tierra, lastimándome con curable estrago todo un muslo. Salí como pude, y a pesar de las oscuridades de la noche, percibí que había sacado mi caballo una pierna atravesada de unos clavos de hierro, introducidos en dos trancas horrorosas de madera, a quien llaman cepos los cazadores de los lobos. Acudí a mi criado y lo hallé tendido debajo de su animal, que estaba también cogido en otro cepo. Hice muchas diligencias para ver si podía quitarle las pesadas cormas; y, como en mi vida había visto semejante artificio, no encontré con los medio de librar de él a mis caballos. Medrosos de no cer en otras trampas, y desesperados de no poder levantar del suelo a nuestros animales, hicimos rancho, expuestos toda la larga noche a los rigores y asperezas del frío y del viento. Con los pedernales de las pistolas, pólvora y trapos de una camisa, que saqué de mi maleta, encendíamos lumbre; pero luego se nos volvía a morir con la humedad. En esta tristísima fatiga, y con el desconsuelo de no oír ni un silbo ni un cencerro ni seña alguna de estar cercanos a algún chozo, majada o alquería, nos encontró la luz de la mañana, a la que vimos el estrago y pérdida de nuestros rocinantes. Cargamos con nuestras maletas a pie, y a breve rato dimos con el lobero; sacó este los pies de los caballos de los cepos; reconocimos que el uno tenía cortados los músculos, nervios y tendones de la pierna, y que el otro solamente los tenía atravesados. Guiónos a la casa de un guarda llamado Calabrés, y en su chimenea nos reparamos del frío de la noche; nos dio para almorzar una gran taza de leche, puso para comer una estupenda olla con nabos y tocino, y, gracias a Dios, pasamos felizmente el día. Murió el un caballo, y el otro se curó con mucha dificultad en Las Navas; y en dos jacos de alquiler de este lugar proseguimos nuestra derrota hasta Ávila de los Caballeros, y en la casa del marqués de Villaviciosa acabé de convalecer de mi tormenta con sus favores, sus regalos y mi conformidad.”

(1) El título es nuestro

Página XIII de 'Fontana Sonora', suplemento de la revista 'Caminar Conociendo', nº 7 de julio de 1998

(*) Diego de Torres Villaroel:

(Salamanca, n. 1693- m. 1770) Escritor español. A los 15 años gana una beca de retórica en el Colegio Trilingüe. Luego de ordenarse subdiácono, en 1715, va a Madrid, donde vivió trabajando en los más variados oficios. En 1726 gana, por oposición, la cátedra de matemáticas de la Universidad de Salamanca, pero, metido en un proceso judicial, huye a Portugal y no regresa hasta 1734. En 1745 se mete a cura católico. Durante los últimos años de su vida fue administrador del duque de Alba. Desde 1721 publica, con el nombre de Gran Piscator Salmantino, sus augurios y predicciones.


Es autor, entre otras obras literarias, de Los desahuciados del mundo y de la gloria (1736-1737), Anatomía de lo visible e invisible en ambas esferas y Un viaje fantástico (1738), Vida natural y católica (1743) -prohibida por la Inquisición-, El ermitaño y Torres (1752).


Escribió asimismo dramas, poesías satíricas, narraciones (Sueños morales, visiones y visitas de Torres con don Francisco de Quevedo en Madrid, 1727-1751; Sacudimiento de mentecatos habidos y por haber, 1726) y, sobre todo, una autobiografía extraordinaria: Vida, ascendencia, nacimiento, crianza y aventuras de don Diego Torres de Villarroel (1743-1751).

lunes, 5 de febrero de 2007

Charles D. Ley: Salidas a la Sierra, a Las Navas (*)

Veraneando en Las Navas

Charles David Ley


En esto llegaron los calores de verano de 1944. Yo pensaba ir a Vera de Bidasoa, donde muy amablemente me habían invitado a pasar unos días Pío Baroja y Julio Caro. Sin embargo, la presencia del ejército alemán al otro lado de la frontera francesa y a pocos kilómetros del pueblo de los Baroja me daba reparo. Mientras tanto seguía en Madrid aquel mes de agosto. Para entretenerme iba algunas veces a los toros, a ver a Manolete, con mis amigos José Luís Cano, Azcoaga, García Nieto y especialmente Rafael Romero Moliner que comentaba muy bien las corridas.
El exuberante Enrique Azcoaga, habitual constante del ‘Gijón’, me mostraba una especial consideración y me invitó a tomar café una tarde en su casa, donde me enseñó las pruebas de imprenta del libro poético de Miguel Hernández, escrito durante la Guerra Civil, "El hombre acecha", que no se había llegado a publicar entonces por la victoria en 1939 de los nacionales. También, Azcoaga propuso hacerme una entrevista en Radio Madrid. Le dije que no sabía si yo no diría algún inconveniente al verme frente a frente con micrófono en el estudio. Se rió Azcoaga: ‘A ver si va a dar usted un grito subversivo en la emisora’, pero me explicó que había que tener escritas las preguntas y respuestas de antemano. Preparamos en un rincón del ‘Gijón’ la entrevista, tomando Azcoaga al dictado mis contestaciones. Indagó cuidadosamente mi opinión sobre la moderna poesía portuguesa y española, los novelistas ingleses, especialmente Hugt Walpole, entonces muy traducido al español, Katherine Mansfield, Virginia Woolf y Victoria Sackville-West y las obras literarias de Walter Starkie, que tenía entonces en las librerías de Madrid dos de sus libros. Aunque me resultaba esta pregunta un poco embarazosa, pude afirmar mi verdadero aprecio por el humor y simpatía de mi director, así como su hondo conocimiento de la música y costumbres de España. Azcoaga me pidió también que opinara sobre Manolete. ‘Me parece imposible que una persona haga lo que él hace con tanta maestría y garbo’. Al oír esto, Azcoaga me dio un espaldarazo diciendo: ‘Se está usted españolizando demasiado’.
Starkie organizó en el Instituto un cursillo de inglés para los primeros días de agosto, pero sin gran éxito, porque pocos estudiantes acudieron con aquel calor. El sábado, día 10 de agosto, cuando llegué al café a primera hora de la tarde después de comer, recibí recado que Azcoaga había tenido que ir fuera de Madrid unos días, dejando la entrevista en manos de un colega suyo de la radio que leería las preguntas tal como Azcoaga las había preparado. En esto, entra en el café Camilo José Cela que acababa de venir de Las Navas del Marqués donde estaba veraneando, con intención de volver aquella misma tarde. Con su voz autoritaria y cavernosa se ofreció a llevarnos a García Nieto y a mí a pasar el fin de semana. Había que coger el tren en la Estación del Norte en hora y media.
-- Pero, dije, ¿cómo puedo leer mañana en Radio Madrid mis contestaciones a Azcoaga?
-- No hay ninguna dificultad en eso, afirmó Cela. Alguno de los amigos aquí presentes se encargará de leerlas en su ausencia.
Se ofreció a ello Manolo Segalá. Luego reparé también en que quizá habría algún estudiante del cursillo que acudiese esa tarde.
-- No sea usted tan cumplidor. ¿Quién va a ir un cursillo un sábado de verano por la tarde? Nada, que esté usted en la Estación del Norte a las seis y media, para encontrarnos a mí y a García Nieto.
Cogimos el tren por los pelos, saltando al último carruaje. Mirando por la ventanilla de atrás vi desaparecer las últimas casas; algunos árboles escasos crecían en los yermos campos. Las dos horas de viaje pasaron rápidas. Como es corriente en los pueblos peninsulares la estación de ferrocarril de Las Navas del Marqués está lejos del lugar. Alquilamos un tílburi destartalado que esperaba pasajeros. En aquel trayecto relativamente corto se hizo noche cerrada.
Entramos en la casa donde estaba alojado Cela para saludar a su mujer. Luego él nos llevó por las calles del pueblo a pasear. Había mucha gente de letras en Las Navas entonces, como por ejemplo, Víctor Ruiz Iriarte, Eugenio Mediano Flores y Martín Abizanda, que es quien estuvo más con nosotros. Entre otras cosas era necesario encontrar un alojamiento, que no era fácil en pleno verano, pero arribamos a la casa de una viuda que se llamaba Luisa Esteban. Había una sala grande que podía haber servido para almacenar grano y que tenía un par de camas en un rincón. Al otro extremo de la sala había una lucecita delante de un cuadro de San José.
-- Aquí tengo a San José, explicó Luisa Esteban.
Como era dura de oído, Cela le gritó con voz de trueno.
-- Es un buen parecido.
Pero ella no le entendió bien.
Volvimos a la casa de Cela donde le habían preparado unos filetes descomunales sin guarnición porque por su reciente enfermedad necesitaba ese alimento. De noche volvimos muy tarde a la casa de Luisa Esteban y había una vaca en al puerta, que en la oscuridad dudamos si fuese un toro, como ha quedado en los "Versos de un huésped de Luisa Esteban" de García Nieto. Yo había llevado conmigo las poesías líricas de Góngora y rogué a Nieto que leyese en voz alta las mejores, porque una buena lectura de poemas dispersa las preocupaciones e inspira la imaginación. Me leyó tres que incluían los versos con estribillo de : "Dejadme llorar / orillas del mar", y el romance que acaba: "El cielo os guarde si puede / de las locuras del Conde".
A la mañana siguiente fuimos a misa cantada en la iglesia del pueblo, donde los enterradores del Ayuntamiento se sentaban en banco aparte, cerca del altar, cosa que impresionó tanto a Nieto que lo comentó en un poema de sus "Versos". Después fuimos a sentarnos a una roca con los veraneantes que se habían tumbado a tomar baños de sol vestidos. Daba una extraña impresión estar así como en una playa con las estribaciones de la Sierra de Guadarrama, de tonos grises y apagados, y un valle entre montañas extendido abajo en vez del mar.
Por la tarde vimos con Abizanda las ruinas del castillo y un pinar grande donde conversamos largamente. Cerca del atardecer apareció Cela paseando por el pueblo y nos llevó por la cuesta que bajaba desde las rocas de los veraneantes. Nos hizo notar el impresionante silencio de la sierra y cómo la sombra del castillo se alargaba por el valle. Me retó a que bajase la cuesta corriendo para ahuyentar una res que estaba en la ladera. En un poema corto publicado algún tiempo después, expresé mis impresiones de aquel campo al crepúsculo:
"¡Aquel silencio de la tarde entonces,
silencio donde todo se escuchaba!
Las voces de los grillos ocultaban
las mil esquilas por el monte oscuro.
¡Los grandes horizontes de la tarde!
¡La sombra del castillo por el valle!"
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"Mira, los montes ya son incoloros,
mira, que cortan ya los baluartes
el claro cielo de un fingido día".
Nos invitó Cela a cenar en su casa. Mientras los demás estaban en la mesa, me fui a otra habitación para escuchar la entrevista de Radio Madrid del falso Azcoaga con Manolo Segalá bajo mi nombre. Creo que la sustitución no quedó mal porque Segalá tenía un acento catalán muy fuerte, a pesar de ser poeta en español y de no saber -según me declaró en conversación una vez- una palabra de la lengua catalana. Noté que donde yo había citado los nombres de Antonio Machado y Federico García Lorca como precursores de la nueva poesía española, Radio Madrid había quitado el nombre de Lorca, de quien en aquellos tiempos no se permitía hablar públicamente.
Después de cenar fuimos al baile de los veraneantes. Me marché por la mañana temprano para reincorporarme al cursillo de inglés, que ya estaba casi vacío. Nieto se pudo quedar hasta el día siguiente.
Los del ‘Fénix’ iban algunos domingos a Cercedilla, donde Julio Gómez de la Serna había alquilado una casa para el verano. En aquellos valles tan deliciosamente frescos en el calor del verano, entre altas montañas, me paseé con María Alfaro y Eusebio García Luengo viendo a lo lejos el sanatorio donde había estado Cela, tan bien descrito en "Pabellón de reposo". Yo tenía puesta una chaqueta nueva con las hombreras demasiado evidentes. Eusebio nos explicó las razones por las que siempre les quitaba él las hombreras a las chaquetas. Mi di cuenta que mi visita a Las Navas había molestado a algunos de los presentes, lo cual me causó cierta tristeza, porque no tenía ganas de reñir con nadie.
La peña del ‘Gijón’ se reunía todas las tardes en la terraza para tomar el café al aire libre. Como yo había visto carteles anunciando la ciudad de Gijón como una playa buena para pasar el verano, tenía la sensación de estar sentado bajo los árboles en una sombra moteada de sol y que ésa era mi playa. Todos los poetas de esa época tan cultivadora de la poesía pasaban por allí. José María Valverde, de dieciocho años escasos, pero ya muy conocido entre los que leían poesía, sufría de una enfermedad del corazón que le llevaría a la tumba - decían todos - en dos o tres años, igual que los poetas de la época romántica. Posiblemente la razón de tantos lamentos anticipados fuese que Valverde ya había publicado en las páginas centrales del ‘Garcilaso’ de abril de 1944 una "Elegía para mi muerte", que empezaba:
"Ya, Muerte, estás en mi.
Ya tu hielo me ha entrado al corazón
y tu plomo a mis pulsos.
¿A dónde iré, si todos los caminos
llevan a tu horizonte?"
Casi todas las tardes entraba en el café a grandes zancadas el joven poeta con su aire de ansiedad de poesía y de sabiduría.
De los que venían a la terraza el que daba la sensación de pertenecer a un mundo más bohemio, a otra época más extravagante, era el pequeño poeta -de estatura, quiero decir- Carlos Edmundo de Ory. Su voz en aquellos tiempos era demasiado alta y chillona, llamaba la atención. De repente apareció contándonos que venía de un periodo de reposo en el manicomio. (En un diario que publicó años después aclara que estuvo en un "conventillo" de Ávila). De repente recitaba versos sueltos sacados de su propia obra poética, como:
"cuando haya muerto todo, cuando haya
muerto todo, cuando haya muerto todo."
O bien:
"Ponte las zapatillas, loca Ana".

La Costanilla de los diablos. Capítulo VI "Veranos con salidas a la sierra". Páginas 45, 46, 47 y 48
(Memorias literarias 1943 - 1952)
Madrid [1981]: José Esteban, Editor
APARECIDO EN 'Caminar Conociendo', Nº 6
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(*) Título nuestro