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viernes, 13 de noviembre de 2009

José Mª Amigo Zamorano: La caida de D. Eusebio García Luengo


La primera vez que D. Eusebio García Luelmo nos habló de su claustrofobia fue en el bar Pinar de Las Navas del Marqués. Este bar está en la Avenida Principal antes del Generalísimo. Fuimos ha hablar con él a eso de las once de la mañana. Estaba en la mesa de la esquina, junto a la una de las dos ventanas. Según se entra a la izquierda. No tiene pérdida. Es pequeño. El bar. Tenía la taza del café con el platillo encima. Café que le duraba toda la mañana (luego, leyendo a escritores que lo conocieron en Madrid, nos enteramos que hizo siempre lo mismo). Lo tomaba con una magdalena. A veces, no siempre, se le caía algo de café en la camisa. De ahí las manchas que se le veía. Y no por mugre. No por falta de higiene. Hay que decir que vivía en la calle Cervantes ¡qué casualidad en un escritor! En un chalecito u hotel, como por aquí se les llama, y era atendido por una señora que moraba enfrente, la cual le hacía la comida y le levaba la ropa. Todo lo que el viejo escritor consentía. En cuanto a lo de la ropa amplia -nos contó- era porque, efectivamente, era prestada.
-Prestada por mis hijos e hijas, si. Pero que yo las elijo.
No se las elegían.
Y los zapatos... esos zapatos que parecían haber salido de un basurero... sin lustrar... como raidos... y demasiado grandes... tenían su explicación, llevaban su por qué.
-Tengo los pies muy delicados y con ellos me encuentro a gusto; no me molestan; otros zapatos, para mi, son un tormento.
(Sobre esto nada tenemos que decir; es más, nos acordamos de una anécdota contada por Trotsky acerca de una botas de Lenin: estaban en la opera y Lenin tenía una botas relucientes, nuevas y Trotsky se admiró de ellas y las comparó con sus zapatos demasiado viejos y con alguna raja; entonces Lenin le dijo que si quería se las cambiaba por los zapatos de Trotsky ; éste aceptó y luego estuvo quejándose todo el día porque le apretaban mucho y le hacía mucho daño; en cambio Lenin estubo muy a gusto con el cambio porque para él también habían resultado un tormento esas lustrosas botas y se vio liberado de semejante suplicio.)
En la calle Cervantes se pasaba los veranos D. Eusebio García Luengo; eso si, solo; soledad voluntaria porque podía no venirse a Las Navas; también obligada, ya que su mujer, la actriz Amparo Reyes, había muerto y los hijos tenían ya su amilia. Deciamos soledad voluntaria porque D. Eusebio García Luengo era de un individualismo feroz, rabioso. De una independencia encastillada en su intimidad. Tenía que ser de ser difícil convivir día a día con él. Y lo sabía. Como otras muchísimas cosas aunque a veces se hiciera el ignorante.
El vivir solo a esa edad tiene sus ventajas e inconvenientes. Ventajas, porque vives sin que nadie contemple las miserias de la vejez. Es decir, las dificultades a la hora de vestirse, o de comer sin dientes, o de mear o de mearse en los pantalones, de... E inconvenientes, muchos inconvenientes.
Y riesgos. Y peligros.
Veamos un ejemplo: muchas noches estábamos de tertulia en una mesa del bar El Sauco. En la terraza. En plena calle. Hasta altas horas de la noche. Luego lo acompañábamos un trecho, hasta la plaza que llaman del Cristo. No admitía más. Se negaba en redondo. Y emprendía la subida de la calle Navalperal. Hundiéndose en las sombras. Un día nos dijo que el trayecto hasta su casa lo tenía estudiado meticulosamente. Y es que le iba la vida en ello, porque ver ver, lo que se dice ver, no veía mucho, aunque más de lo que él declaraba.
Por cierto, todo lo que venimos escribiento lo averiguamos poco a poco. No era muy propenso a hablar de sus dificultades. Otro día nos aclaró que esto era por orgullo.
-Los tímidos somos muy orgullosos. Yo soy tímido.
Lo cual le obligaba a no tratar estos temas de la vejez. Timidez y vergüenza de seguir siendo carne que late. Que se emociona ante una hembra, por ejemplo. Es como si se viera a si mismo haciendo el ridículo ante la moza, siendo, como era, viejo; vejez que además reivindicaba.
-Soy viejo, viejo. No maduro, ni de la tercera edad. Eso es una memez. Yo soy viejo. Y aun siéndolo se me levanta todavía, ¡qué vergüenza!
Un verano nos fuimos nosotros varios días de vacaciones. A Zamora. Dejamos Las Navas del Marqués. Al volver, desde lejos, vimos, en la terraza de el bar Pinar, al escritor. Notamos un no sé qué en su rostro, como más llena la cara, y un poco más morena, casi oscura. Nos acercamos. Tenía un tanto hichada la cara y amoratada.
-Pues esto no es nada. Días atrás la tenía como una mora.
Nos explicó que una noche, como todas, se fue caminando, cuesta arriba, hasta su morada de la calle Cervantes. Un tramo de la calle Navalperal, por donde tenía que subir para llegar a su casa, estaba, y está, poco iluminado. De modo que, como siempre, emprendió la subida, no por la acera (que no le convenía, según nos dijo) sino por la calzada, siguiendo una línea cercana al bordillo de la acera de la derecha. Algunos, pocos coches, pasaban lanzándole ráfagas de luz, alguno le pitó. Unos metros más allá tenía que torcer a la izquierda abandonando la calle Navalperal. Miró hacia arriba y hacia abajo. Lo poco que podía mirar. Por si algún vehículo venía. Nada. Atravesó la calzada y se introdujo en la que calle que atraviesa la anterior. Son unos pocos metros, todos llanos, que tiene que andar para, desviándose ahora a la derecha, meterse en la calle donde tiene su casa. Ahora, vuelta a subir hasta llegar a la puerta de su vivienda. Sin embargo, está más iluminada. Se ve mejor. Le cuesta la subida. Se detiene a veces a descansar. Luego, ayudado por su bastón o garrote reemprende su andadura. Por fin la puerta de entrada a su chalecillo. Pero ahora tiene que salvar otra dificultad, la altura del bordillo. Lo tiene estudiado. Se coloca unos pasos más arriba de la puerta y apoyándose en el bastón, toma impulso y, como otras veces, sube a la acera y ya... Pero esta vez la previsión falla, el impulso no responde y tambaleándose cae de bruces a la calzada. Se desmaya. Poco tiempo. Medio mareado, no sabe como, quizás arrastrándose, atraviesa la puerta, sube unos peldaños, y se introduce en su jardincillo. Ignora si siguió arrastrándose. Lo cierto es que abrió la otra puerta, la propia de la casa, y se acostó. En la cama. Y se durmió. Envuelto en sangre.
Por la mañana, la mujer que lo cuidaba, que vive enfrente, ve sangre en la calzada, en el jardín y se asusta. Entra en la casa. Ve a don Eusebio en la cama. Llenas las sábanas de sangre. La señora se acuerda de que el escritor tiene un nieto en Las Navas que ha vivido con su abuelo temporadas. Le avisa. Llega de inmediato con su coche. Lo lleva a Ávila. Al hospital. Por urgencias.
-¡Urgencias! -nos exclamó Eusebio García Luengo sonriendo- ¡Si, entré por urgencias! Cinco horas de espera. Curioso. Pero me curaron al final. Menos mal.
Ya se estaba recuperando. Poco a poco, el amoratado de la cara, trocado luego en casi negro, fue desapareciendo.
Aunque nosotros creemos que las secuelas le fueron fatales. Al año siguiente volvió de vacaciones al pueblo serrano de Las Navas del Marqués. Y volvimos a las charlas con él. Aunque en su hotelito. Ya no salía de su casa. Apenas. Recordamos que un médico de la localidad, José Manuel, nos dijo:
-He visto el otro día he visto a tu amigo el escritor. Subía tambaleándose y... Bueno bueno... no le quedan muchos telediarios... de vida. Creo yo.
En septiembre cuando nos despedimos de él nos dijo:
-No sé, no sé... si volveremos a vernos.
Y unas lágrimas le salieron a su amojamado rostro. Nunca antes había ocurrido tal cosa.
En diciembre murió. Y, aunque duele la noticia, no nos sorprendió.

domingo, 1 de noviembre de 2009

Strindberg me recordó a Eusebio García Luengo

En recuerdo y homenaje a ese escritor, Eusebio García Luengo, que tanto nos hizo pensar y que nos mostró su amistad, leímos las obras de teatro de Strindberg 'Danza macabra' y 'La señorita Julia'. Él era un enamorado del teatro de los sentimientos. Y si algún autor le llamó la atención más que otros ese fue Augusto Strindberg.
Es este escritor uno de los que aun se mantiene en escena. Por ejemplo,
'La señorita Julia' ha sido representada hace poco en numerosas ciudades de España.
Por si usted, que lee esta nota, siente interés por este teatro que tanto admiraba nuestro amigo, el escritor D. Eusebio García Luengo he aquí los comienzos de ambas obras a las que les pondremos fecha de publicación y traductor. Habrá otras editoriales y otras traducciones pero éstas son las que nosotros tenemos.


a) Danza macabra

b) La señorita Julia

*

DANZA MACABRA

AUTOR: AUGUSTO STRINDBERG

PUBLICACIONES ESPAÑA

MADRID, 1921

TRADUCCION DE MANUEL PEDROSO

PERSONAJES:
EDGARDO, capitán en un fuerte de artillería
ALICIA, su mujer, antigua actriz
KURT, jefe de lazareto

PERSONAJES SECUNDARIOS:
JENNY.- LA VIEJA.-EL CENTINELA (mudo)

ESCENA

Interior de un redondo torreón de piedra gris.
En el fondo dos grandes puertas con mampara de cristales, a través de las cuales se ve una playa, con baterías, y el mar. A cada lado de la puerta, ventanas con flores y pájaros. A la derecha de la puerta, un piano; más en primer término, un costurero y dos butacas. A la izquierda, en nedio del escenario, una mesa de trabajo con un aparato telegráfico; más al frente, un estante con retratos. Junto a él una otomana. Aparador junto a la pared. Lámpara colgante. En la pared, al lado del piano, cuelgan dos coronas de laurel con cintas y un gran retrato de mujer, en traje de escena. Al lado de la puerta un gran perchero, al descubierto, con prendas de uniforme, sables, etc. Junto una chiffoniere. A la izquierda de la puerta una gran columna barométrica.

ACTO PRIMERO
_____

Una tarde cálida de otoño. Las puertas del fuerte están abiertas y a través de ellas se ve un artillero haciendo centinela con un casco bávaro; su sable brilla de vez en cuando a los reflejos del sol poniente. El mar, oscuro y tranquilo.
El capitán está sentado en una butaca a la izquierda, junto al costurero, con un cigarro apagado en la mano. Viste uniforme gastado, botas de montar y espuelas. Su aspecto es de cansancio y agotamiento.
Alicia está sentada en la butaca de la derecha, sin hacer nada. Cansada y con ansia de espera
.

EL CAPITAN.- ¿Quiéres tocar algo?
ALICIA (indiferente, pero no malhumorada).-¿Qué debo tocar?
EL CAPITAN.-¡Lo que tu quieras!
ALICIA.-No te gusta mi repertorio.
EL CAPITAN.-Ni a ti al mío.
ALICIA (esquiva).- ¿Quieres dejar abiertas las puertas?
EL CAPITAN.-¿Si es tu gusto...?
ALICIA.-Pues entonces déjalas...! (pausa) ¿Por qué no fumas?
EL CAPITAN.-Empiezo a no poder aguantar el tabaco fuerte.
ALICIA (casi amable).-Fuma otro más suave... ¡Pues es esa tu única alegría, según dices!
EL CAPITAN.-¿Alegría? ¿Qué cosa es esa?
ALICIA .-¡No me lo preguntes! Lo ignoro lo mismo que tú... ¿No quieres beber pronto tu whisky?
EL CAPITAN.-¡Esperaré un poco aun! ¿Qué hay para esta noche?
ALICIA.- ¡Yo que sé! ¡Pregúntaselo a Christel!
EL CAPITAN.-¿No ha empezado ya el tiempo de los verdeles? ¿No estamos ya en otoño?
ALICIA.-Si, en otoño.A
EL CAPITAN.-Otoño dentro y fuera. Pero dejando esto aparte, como el otoño trae consigo frío, dentro y fuera, no vendría mal un verdel al horno con unas rajas de limón y un vaso de borgoña blanco.
ALICIA.-¡Ahora te vuelves elocuente!
EL CAPITAN.-¿Nos queda aun borgoña en la bodega?
ALICIA.-No sé que desde hace cinco años tengamos siquiera bodega.
EL CAPITAN.-No sabes nunca nada. Per tenemos que proveernos para nuestras bodas de plata.
ALICIA.-¿Tienes de veras propósito de celebrarlas?
EL CAPITAN.-Naturalmente que si.
ALICIA.-Sería más natural que escondiésemos nuestra miserable vida de veinticinco años.
EL CAPITAN.-Querida Alicia: miserable ha sido, pero a ratos lo hemos pasado bien. Y hay que aprovechar el corto tiempo, que luego se acaba todo.
ALICIA.- Se acaba. ¡Si fuera verdad!
EL CAPITAN.-¡Se acaba! Lo quede se puede sacar en una carretilla y echarlo en un macizo del jardín.
ALICIA.-Y tanto ruido por un macizo.
EL CAPITAN.-Si, así es. Pero yo no lo he hecho.
ALICIA.- Tanto ruido.
(Pausa.)
ALICIA
.-¿Has cogido el correo?
EL CAPITAN.-Si.
ALICIA.-¿A cuánto sube?
EL CAPITAN (saca un papel del bolsillo y se coloca los anteojos, que enseguida se vuelve a quitar).-Leelo tú misma. Yo noveo.
ALICIA.-¿Qué te ocurre con la vista?
EL CAPITAN.-No lo sé.
ALICIA.-La edad.
EL CAPITAN.-No digas tonterías. ¿Yo?
ALICIA.-¡Si, yo no!
EL CAPITAN.-Ehm.
ALICIA (mirando la cuenta).-¿Puedes pagar esto?
EL CAPITAN.-Si; pero no ahora.
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......................
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LA SEÑORITA JULIA, tragedia naturista en un acto

AUTOR: AUGUSTO STRINDBERG

M. AGUILAR . EDITOR

MADRID . 1933

TRADUCCIÓN DE CRISTOBAL DE CASTRO

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Una amplia cocina con techo de vigas decoradas y las paredes laterales ocultas entre telas. La pared del fondo avanza, sesgada, hacia el centro de la escena. A la izquierda, también, dos alacenas adornadas con papel de cocina, y en ellas, batarías de estaño, hierro y cobre. A la derecha, primer término, se ve parte de una gran puerta vidriera, en arco,por donde se divisa una fuente, con surtidor y un amorcillo, entre el ramaje de saúcos en flor y algunos chopos. Puertas a derecha e izquierda. Por la izquierda se distingue la esquina de un fogón de ladrillos con parte de la campana. A la derecha, una mesa de madera blanca para el servicio y algunas sillas. Sobre la mesa, una gran jarra japonesa, con ramos de saúco. También el fogón está adornado con ramas de abedul. En el suelo, esparcidas, ramas de enebro. Un cajón grande para el hielo. Un lavabo. Un fregadero. Sobre la puerta, un grande y antiguo reloj de péndulo. Una bocina de comunicación interior. Cristina, a la izquierda del hogar, remueve una tartera puesta al fuego. Lleva vestido claro y delantal de cocina. Por la puerta de cristales entra Juan, de librea. trae en las manos unas botas de montar, y las deja en el suelo, bien a la vista del público.

JUAN
.-También esta noche parece que la señorita Julia está medio loca, ¡loca de atar!
CRISTINA.-¿Qué? ¿Ya estás ahí?
JUAN.-Si, vuelvo ahora de la estación, de acompañar al señor conde. Al pasar entré en la barraca del baile y allí me encontré a la señoria Julia bailando con el guarda. En cuanto me vio, vino derecha a mí y me invitó a un vals de los que bailan los señores. Bailó de un modo, que no he visto cosa igual. Cuando te digo que está loca...
CRISTINA.-Si... Está violenta desde lo que le sucedió con su prometido.
JUAN.-Es posible. De todos modos, era un buen muchacho. ¿Tú sabes cómo ocurrió la cosa? Presencié yo la escena a escondidas.
CRISTINA.-¿Cómo? ¿Qué tú los viste?...
JUAN.-Si. Verás: estaba una noche en el patio de las caballerizas, y la señorita le 'amaestraba', según decía. ¿Sabes cómo? Pues haciéndole saltar sobre la fusta, como un perro, a la voz de '¡hop, hop'!. Por dos veces saltó sobre ella y recibió otros tantos latigazos; pero, a la tercera, le arrancó la fusta de la mano, la hizo pedazos y se marchó.
CRISTINA.-¿Qué me cuentas? Pero, ¿pasó así?
JUAN.- Como telo digo. ¿No tienes algo bueno de comer, Cristina?
CRISTINA (saca la tartera del fuego y le sirve en un plato a Juan).- Aquí tienes. Un trozo de riñón del asado de ternera.
JUAN (olfateando el guiso).-Está muy bien. Es una verdadera delicia. (tocando el plato) Pero has debido calentarme el plato.
CRISTINA.-Cuando te pones tonto, eres más exigente que el señor conde. (le da un cariñoso tirón del pelo)
JUAN
(con brusquedad).- ¡Ay! No me tires de esa manera... Ya sabes que soy muy delicado.
CRISTINA.-¡Qué atrocidad! Si era un cariñito... (Juan sigue comiendo) (Cristina saca una botella de cerveza del cajón del hielo)
JUAN
.-¿Cerveza en la noche de San Juan? Muchas gracias... Tengo yo algo mejor. (abre el cajón de la mesa, saca una botella de vino tinto, con etiqueta amarilla) Etiqueta amarilla. ¿Ves? Trae un vaso. Mejor una copa; para beber un vino como este una copa.
CRISTINA (se dirige otra vez al fogón y coloca en él una cacerola pequeña).- ¡Dios asista a la que haya de ser tu mujer! ¡Valiente bribón!
JUAN.-Bueno, no presumas... Ya te darías por contenta con un muchacho tan fino como yo... No creo que te perjudique la suposición de que haya algo entre nosotros... (paladeando el vino) Muy bien... Muy bien... Le falta un poquitín de punto... (calentando la copa entre las manos) Este lo compramos en Dijón: cuatro francos el litro, sin casco, más el impuesto. ¿Qué dices ahora? ¡Vaya olor!...
CRISTINA.-Una porquería del demonio que la señorita Julia ha dispuesto para dársela a 'Diana'.
JUAN.-Deberías usar otros términos... ¿Por qué has de estar en una noche de fiesta guisoteando para los animales? ¿Es que está enferma la perra?
CRISTINA.- Si... Se escapó con el perro de presa. Aquí mismo hicieron juntos sabe Dios qué diabluras, y la señorita Julia no está por esas...



lunes, 5 de febrero de 2007

Charles D. Ley: Salidas a la Sierra, a Las Navas (*)

Veraneando en Las Navas

Charles David Ley


En esto llegaron los calores de verano de 1944. Yo pensaba ir a Vera de Bidasoa, donde muy amablemente me habían invitado a pasar unos días Pío Baroja y Julio Caro. Sin embargo, la presencia del ejército alemán al otro lado de la frontera francesa y a pocos kilómetros del pueblo de los Baroja me daba reparo. Mientras tanto seguía en Madrid aquel mes de agosto. Para entretenerme iba algunas veces a los toros, a ver a Manolete, con mis amigos José Luís Cano, Azcoaga, García Nieto y especialmente Rafael Romero Moliner que comentaba muy bien las corridas.
El exuberante Enrique Azcoaga, habitual constante del ‘Gijón’, me mostraba una especial consideración y me invitó a tomar café una tarde en su casa, donde me enseñó las pruebas de imprenta del libro poético de Miguel Hernández, escrito durante la Guerra Civil, "El hombre acecha", que no se había llegado a publicar entonces por la victoria en 1939 de los nacionales. También, Azcoaga propuso hacerme una entrevista en Radio Madrid. Le dije que no sabía si yo no diría algún inconveniente al verme frente a frente con micrófono en el estudio. Se rió Azcoaga: ‘A ver si va a dar usted un grito subversivo en la emisora’, pero me explicó que había que tener escritas las preguntas y respuestas de antemano. Preparamos en un rincón del ‘Gijón’ la entrevista, tomando Azcoaga al dictado mis contestaciones. Indagó cuidadosamente mi opinión sobre la moderna poesía portuguesa y española, los novelistas ingleses, especialmente Hugt Walpole, entonces muy traducido al español, Katherine Mansfield, Virginia Woolf y Victoria Sackville-West y las obras literarias de Walter Starkie, que tenía entonces en las librerías de Madrid dos de sus libros. Aunque me resultaba esta pregunta un poco embarazosa, pude afirmar mi verdadero aprecio por el humor y simpatía de mi director, así como su hondo conocimiento de la música y costumbres de España. Azcoaga me pidió también que opinara sobre Manolete. ‘Me parece imposible que una persona haga lo que él hace con tanta maestría y garbo’. Al oír esto, Azcoaga me dio un espaldarazo diciendo: ‘Se está usted españolizando demasiado’.
Starkie organizó en el Instituto un cursillo de inglés para los primeros días de agosto, pero sin gran éxito, porque pocos estudiantes acudieron con aquel calor. El sábado, día 10 de agosto, cuando llegué al café a primera hora de la tarde después de comer, recibí recado que Azcoaga había tenido que ir fuera de Madrid unos días, dejando la entrevista en manos de un colega suyo de la radio que leería las preguntas tal como Azcoaga las había preparado. En esto, entra en el café Camilo José Cela que acababa de venir de Las Navas del Marqués donde estaba veraneando, con intención de volver aquella misma tarde. Con su voz autoritaria y cavernosa se ofreció a llevarnos a García Nieto y a mí a pasar el fin de semana. Había que coger el tren en la Estación del Norte en hora y media.
-- Pero, dije, ¿cómo puedo leer mañana en Radio Madrid mis contestaciones a Azcoaga?
-- No hay ninguna dificultad en eso, afirmó Cela. Alguno de los amigos aquí presentes se encargará de leerlas en su ausencia.
Se ofreció a ello Manolo Segalá. Luego reparé también en que quizá habría algún estudiante del cursillo que acudiese esa tarde.
-- No sea usted tan cumplidor. ¿Quién va a ir un cursillo un sábado de verano por la tarde? Nada, que esté usted en la Estación del Norte a las seis y media, para encontrarnos a mí y a García Nieto.
Cogimos el tren por los pelos, saltando al último carruaje. Mirando por la ventanilla de atrás vi desaparecer las últimas casas; algunos árboles escasos crecían en los yermos campos. Las dos horas de viaje pasaron rápidas. Como es corriente en los pueblos peninsulares la estación de ferrocarril de Las Navas del Marqués está lejos del lugar. Alquilamos un tílburi destartalado que esperaba pasajeros. En aquel trayecto relativamente corto se hizo noche cerrada.
Entramos en la casa donde estaba alojado Cela para saludar a su mujer. Luego él nos llevó por las calles del pueblo a pasear. Había mucha gente de letras en Las Navas entonces, como por ejemplo, Víctor Ruiz Iriarte, Eugenio Mediano Flores y Martín Abizanda, que es quien estuvo más con nosotros. Entre otras cosas era necesario encontrar un alojamiento, que no era fácil en pleno verano, pero arribamos a la casa de una viuda que se llamaba Luisa Esteban. Había una sala grande que podía haber servido para almacenar grano y que tenía un par de camas en un rincón. Al otro extremo de la sala había una lucecita delante de un cuadro de San José.
-- Aquí tengo a San José, explicó Luisa Esteban.
Como era dura de oído, Cela le gritó con voz de trueno.
-- Es un buen parecido.
Pero ella no le entendió bien.
Volvimos a la casa de Cela donde le habían preparado unos filetes descomunales sin guarnición porque por su reciente enfermedad necesitaba ese alimento. De noche volvimos muy tarde a la casa de Luisa Esteban y había una vaca en al puerta, que en la oscuridad dudamos si fuese un toro, como ha quedado en los "Versos de un huésped de Luisa Esteban" de García Nieto. Yo había llevado conmigo las poesías líricas de Góngora y rogué a Nieto que leyese en voz alta las mejores, porque una buena lectura de poemas dispersa las preocupaciones e inspira la imaginación. Me leyó tres que incluían los versos con estribillo de : "Dejadme llorar / orillas del mar", y el romance que acaba: "El cielo os guarde si puede / de las locuras del Conde".
A la mañana siguiente fuimos a misa cantada en la iglesia del pueblo, donde los enterradores del Ayuntamiento se sentaban en banco aparte, cerca del altar, cosa que impresionó tanto a Nieto que lo comentó en un poema de sus "Versos". Después fuimos a sentarnos a una roca con los veraneantes que se habían tumbado a tomar baños de sol vestidos. Daba una extraña impresión estar así como en una playa con las estribaciones de la Sierra de Guadarrama, de tonos grises y apagados, y un valle entre montañas extendido abajo en vez del mar.
Por la tarde vimos con Abizanda las ruinas del castillo y un pinar grande donde conversamos largamente. Cerca del atardecer apareció Cela paseando por el pueblo y nos llevó por la cuesta que bajaba desde las rocas de los veraneantes. Nos hizo notar el impresionante silencio de la sierra y cómo la sombra del castillo se alargaba por el valle. Me retó a que bajase la cuesta corriendo para ahuyentar una res que estaba en la ladera. En un poema corto publicado algún tiempo después, expresé mis impresiones de aquel campo al crepúsculo:
"¡Aquel silencio de la tarde entonces,
silencio donde todo se escuchaba!
Las voces de los grillos ocultaban
las mil esquilas por el monte oscuro.
¡Los grandes horizontes de la tarde!
¡La sombra del castillo por el valle!"
...................................................
"Mira, los montes ya son incoloros,
mira, que cortan ya los baluartes
el claro cielo de un fingido día".
Nos invitó Cela a cenar en su casa. Mientras los demás estaban en la mesa, me fui a otra habitación para escuchar la entrevista de Radio Madrid del falso Azcoaga con Manolo Segalá bajo mi nombre. Creo que la sustitución no quedó mal porque Segalá tenía un acento catalán muy fuerte, a pesar de ser poeta en español y de no saber -según me declaró en conversación una vez- una palabra de la lengua catalana. Noté que donde yo había citado los nombres de Antonio Machado y Federico García Lorca como precursores de la nueva poesía española, Radio Madrid había quitado el nombre de Lorca, de quien en aquellos tiempos no se permitía hablar públicamente.
Después de cenar fuimos al baile de los veraneantes. Me marché por la mañana temprano para reincorporarme al cursillo de inglés, que ya estaba casi vacío. Nieto se pudo quedar hasta el día siguiente.
Los del ‘Fénix’ iban algunos domingos a Cercedilla, donde Julio Gómez de la Serna había alquilado una casa para el verano. En aquellos valles tan deliciosamente frescos en el calor del verano, entre altas montañas, me paseé con María Alfaro y Eusebio García Luengo viendo a lo lejos el sanatorio donde había estado Cela, tan bien descrito en "Pabellón de reposo". Yo tenía puesta una chaqueta nueva con las hombreras demasiado evidentes. Eusebio nos explicó las razones por las que siempre les quitaba él las hombreras a las chaquetas. Mi di cuenta que mi visita a Las Navas había molestado a algunos de los presentes, lo cual me causó cierta tristeza, porque no tenía ganas de reñir con nadie.
La peña del ‘Gijón’ se reunía todas las tardes en la terraza para tomar el café al aire libre. Como yo había visto carteles anunciando la ciudad de Gijón como una playa buena para pasar el verano, tenía la sensación de estar sentado bajo los árboles en una sombra moteada de sol y que ésa era mi playa. Todos los poetas de esa época tan cultivadora de la poesía pasaban por allí. José María Valverde, de dieciocho años escasos, pero ya muy conocido entre los que leían poesía, sufría de una enfermedad del corazón que le llevaría a la tumba - decían todos - en dos o tres años, igual que los poetas de la época romántica. Posiblemente la razón de tantos lamentos anticipados fuese que Valverde ya había publicado en las páginas centrales del ‘Garcilaso’ de abril de 1944 una "Elegía para mi muerte", que empezaba:
"Ya, Muerte, estás en mi.
Ya tu hielo me ha entrado al corazón
y tu plomo a mis pulsos.
¿A dónde iré, si todos los caminos
llevan a tu horizonte?"
Casi todas las tardes entraba en el café a grandes zancadas el joven poeta con su aire de ansiedad de poesía y de sabiduría.
De los que venían a la terraza el que daba la sensación de pertenecer a un mundo más bohemio, a otra época más extravagante, era el pequeño poeta -de estatura, quiero decir- Carlos Edmundo de Ory. Su voz en aquellos tiempos era demasiado alta y chillona, llamaba la atención. De repente apareció contándonos que venía de un periodo de reposo en el manicomio. (En un diario que publicó años después aclara que estuvo en un "conventillo" de Ávila). De repente recitaba versos sueltos sacados de su propia obra poética, como:
"cuando haya muerto todo, cuando haya
muerto todo, cuando haya muerto todo."
O bien:
"Ponte las zapatillas, loca Ana".

La Costanilla de los diablos. Capítulo VI "Veranos con salidas a la sierra". Páginas 45, 46, 47 y 48
(Memorias literarias 1943 - 1952)
Madrid [1981]: José Esteban, Editor
APARECIDO EN 'Caminar Conociendo', Nº 6
__________
(*) Título nuestro