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lunes, 31 de octubre de 2011

Alejo Carpentier(*): Los advertidos (1)


…et facta est pluvia super terram…
I
El amanecer se llenó de canoas. Al inmenso remanso, nacido de la invisible confluencia del Río venido de arriba -cuyas fluentes se desconocían- y del Río de la Mano Derecha, las embarcaciones llegaban, raudas, deseosas de entrar vistosamente en esbeltez de eslora, para detenerse, a palancazas de los remeros, donde otras, ya detenidas, se enracimaban, se unían borda con borda, abundosas de gente que saltaba de proas a popas para presumir de graciosas, largando chistes, haciendo muecas, a donde no los llamaban. Ahí estaban los de las tribus enemigas -secularmente enemigas por raptos de mujeres y hurtos de comida-, sin ánimo de pelear, olvidadas de pendencias, mirándose con sonrisas fofas, aunque sin llegar a entablar diálogo. Ahí estaban los de Wapishan y los de Shirishan, que otrora -acaso dos, tres, cuatro siglos antes- se habían acuchillado las jaurías, mutuamente, librándose combates a muerte, tan feroces que, a veces, no había quedado quien pudiera contarlos. Pero los bufones, de caras lacadas, pintadas con zumo de árboles, seguían saltando de canoa en canoa, enseñando los sexos acrecidos por prepucios de cuerno de venado, agitando las sonajas y castañuelas de conchas que llevaban colgadas de los testículos. Esa concordia, esa paz universal, asombraba a los recién llegados, cuyas armas, bien preparadas, atadas con cordeles que podían zafarse rápidamente, quedaban, sin mostrarse, en el piso de las canoas, bien al alcance de la mano. Y todo aquello -la concentración de naves, la armonía lograda entre humanos enemigos, el desparpajo de los bufones- era porque se había anunciado a los pueblos de más allá de los raudales, a los pueblos andariegos, a los pueblos de las montañas pintadas, a los pueblos de las Confluencias Remotas, que el viejo quería ser ayudado en una tarea grande. Enemigos o no, los pueblos respetaban al anciano Amaliwak por su sapiencia, su entendimiento de todo y su buen consejo, los años vividos en este mundo, su poder de haber alzado, allá arriba en la cresta de aquella montaña, tres monolitos de piedra que todos, cuando tronaba, llamaban los Tambores de Amaliwak. No era Amaliwak un dios cabal; pero era un hombre que sabía; que sabía de muchas cosas cuyo conocimiento era negado al común de los mortales: que acaso dialogara, alguna vez, con la Gran-Serpiente-Generadora, que, acostada sobre los montes, siguiéndole el contorno como una mano puede seguir el contorno a la otra mano, había engendrado los dioses terribles que rigen el destino de los hombres, dándoles el Bien con el hermoso pico del tucán, semejante al Arco Iris, y Mal, con la serpiente coral, cuya cabeza diminuta y fina ocultaba el más terrible de los venenos. Era broma corriente decir que Amaliwak, por viejo, hablaba solo y respondía con tonterías a sus propias preguntas, o bien interrogaba las jarras, las cestas, la madera de los arcos, como si fuesen personas. Pero cuando el Viejo de los Tres Tambores convocaba era porque algo iba a suceder. De ahí que el remanso más apacible de la confluencia del Río venido de arriba con el Río de la Mano Derecha estuviera llena, repleta, congestionada de canoas, aquella mañana.

Cuando el viejo Amaliwak apareció en la laja, que a modo de tribuna gigantesca se tendía por encima de las aguas, hubo un gran silencio. Los bufones regresaron a sus canoas, los hechiceros volvieron hacia él el oído menos sordo, y las mujeres dejaron de mover la piedra redonda sobre los metales. De lejos, de las últimas filas de embarcaciones, no podía apreciarse si el Viejo había envejecido o no. Se pintaba como un insecto gesticulante, como algo pequeñísimo y activo, en lo alto de la laja. Alzó la mano y habló. Dijo que Grandes Trastornos se aproximaban a la vida del hombre; dijo que este año, las culebras habían puesto los huevos por encima de los árboles; dijo que, sin que le fuera dable hablar de los motivos, lo mejor para prevenir grandes desgracias, era marcharse a los cerros, a los montes, a las cordilleras. 

-“Ahí donde nada crece”, dijo un Wapishan a un Shirishan que escuchaba al viejo con sonrisa socarrona. 

Pero un clamor se alzó allá, en el ala izquierda donde se habían juntado las canoas venidas de arriba. Gritaba uno: 

-“¿Y hemos remado durante dos días y dos noches para oír esto?”. 

-“¿Qué ocurre en realidad?”, gritaban los de la derecha. 

-“¡Siempre se hace penar a los más desvalidos!”, gritaron los de la izquierda. 

-“¡Al grano! ¡Al grano!”, gritaron los de la derecha. 

El viejo alzó la mano otra vez. Volvieron a callar los bufones. Repitió el viejo que no tenía el derecho de revelar lo que, por proceso de revelación, sabía. Que, por lo pronto, necesitaba brazos, hombres, para derribar enormes cantidades de árboles en el menor tiempo posible. Él pagaría en maíz -sus plantíos eran vastos- y en harina de yuca, de las que sus almacenes estaban repletos. Los presentes, que habían venido con sus niños, sus hechiceros y sus bufones, tendrían todo lo necesario y mucho más para llevar después. Este año -y esto lo dijo con un tono extraño, ronco, que mucho sorprendió a quienes lo conocían- no pasarían hambre, ni tendrían que comer gusanos de tierra en la estación de las lluvias. Pero, eso sí: había que derribar los árboles limpiamente, quemarles las ramas mayores y menores, y presentarle los troncos limpios de taras; limpios y lisos, como los tambores que allá arriba (y los señalaba) se erguían. Los troncos, rodados y flotados, serían amontonados en aquel claro -y mostraba una enorme explanada natural- donde, con piedrecitas, se llevaría la contabilidad de lo suministrado por cada pueblo presente. Acabó de hablar el Viejo, terminaron las aclamaciones y empezó el trabajo.

II
-“El viejo está loco.” 

Lo decían los de Wapishan, lo decían los de Shirishan, los decían los Guahíbos y Piaroas; lo decían los pueblos todos, entregados a la tala, al ver que con los troncos entregados, el viejo procedía a armar una enorme canoa -al menos, aquello se iba pareciendo a una canoa- como nunca pudiese haber concebido una mente humana. Canoa absurda, incapaz de flotar, que iba desde el acantilado del Cerro de los Tres Tambores hasta la orilla del agua, con unas divisiones internas -unos tabiques movibles- absolutamente inexplicables. Además, esa canoa de tres pisos, sobre la cual empezaba a alzarse algo como una casa con techo de hojas de moriche superpuestas en cuatro capas espesas, con una ventana de cada lado, era de un calado tal que las aguas de aquí, con tantos bajos de arena, con tantas lajas apenas sumergidas, jamás podía llevar. Por ello, lo más absurdo, lo más incomprensible, es que aquello tuviese forma de canoa, con quilla, con cuaderna, con cosas que servían para navegar. Aquello no navegaría nunca. Templo tampoco sería, porque los dioses se adoran en cavernas abiertas en las cimas de los montes, allá donde hay animales pintados por los Antepasados, escenas de caza, y mujeres con los pechos muy grandes. El Viejo estaba loco. Pero de su locura se vivía. Había mandioca y maíz y hasta maíz para poner la chicha y fermentar en los cántaros. Con esto se daban grandes fiestas a la sombra de la Enorme Canoa que iba creciendo de día en día. Ahora el Viejo pedía resina blanca, de esa que brota de los troncos de un árbol de hojas grasas, para rellenar las hendijas dejadas por el desajuste de algún tronco, mal machihembrado con el más próximo. De noche se bailaba a la luz de las hogueras; los hechiceros sacaban las Grandes Máscaras de Aves y Demonios; los bufones imitaban el venado y la rana; había porfías, responsos, desafíos incruentos entre las tribus. Venían nuevos pueblos a ofrece sus servicios. Aquello fue una fiesta, hasta que Amaliwak, plantando una rama florida en el techo de la casa que dominaba la Enorme Canoa, resolvió que el trabajo estaba terminado. Cada cual fue pagado cabalmente en harina de yuca y en maíz y -no sin tristeza- los pueblos emprendieron la navegación hacia sus respectivas comarcas. Ahí quedaba, en luna llena, la canoa absurda, la canoa nunca vista, construcción en tierra que jamás habría de navegar a pesar de su perfil de nave-con-casa-encima, en cuyo cuádruple techo de moriche andaba el viejo Amaliwak, entregado a extrañas gesticulaciones. La Gran-Voz-de-Quien-Todo-lo-Hizo les hablaba. Había roto las fronteras del porvenir y recibía instrucciones del anciano. 

-“Repoblar la tierra de hombres, haciendo que su mujer arrojara semillas de palmera por encima de su hombro.” 

A veces, pavorosa de su dulzura exterminadora, sonaba la voz de la Gran-Serpiente-Generadora, cuyas palabras cantarinas helaban la sangre. 

-“¿Por qué habré de ser yo -pensaba el anciano Amaliwak- el depositario del Gran Secreto vedado a los hombres? ¿Por qué se me ha escogido a mí para pronunciar los terribles conjuros, para asumir las grandes tareas?” 

Un bufón curioso había permanecido en una barca rezagada para ver lo que podía ocurrir ahora en el Extraño-Lugar-de-la-Canoa-Enorme. Y cuando la luna se ocultaba ya detrás de las montañas cercanas, sonaron los Conjuros, inauditos, incomprensibles, lanzados con una voz tan fuerte que no podía tratarse de la voz de Amaliwak. Entonces algo que era de vegetación, de árboles, del suelo, de los ramazones, que aún quedaban detrás de las talas, echó a andar. Era un tumulto tremebundo de saltos, de vuelos, de arrastre, de galopes, de empellones, hacia la Enorme-Canoa. El cielo blanqueó de garzas antes del amanecer. Una masa de rugidos, zarpazos, trompas, morros, corcovaos, encabritamientos, cornadas; una masa arrolladora, tremebunda, presurosa, se iba colando en la embarcación imposible, cubierta por las aves que entraban a todo vuelo, por entre cuernos y cornamentas, patas alzadas, mordiscos lanzados al viento. Después, el suelo hirvió en el mundo de los reptiles de agua y de tierra, y las serpientes menores -ésas, que hacen música con la cola, se disfrazan de ananás o traen pulseras de ámbar y de coral sobre el cuerpo. Hasta bien pasado el mediodía se asistió a la arribazón de gente que, como los venados rojos, no habían recibido el aviso a tiempo, o las tortugas, para las cuales los viajes largos eran trabajosos y más ahora que eran los tiempos de desovar. Por fin, viendo que la última tortuga había entrado en la canoa, el anciano Amaliwak cerró la Gran-Escotilla, y subió a lo más alto de la casa donde las mujeres de su familia -es decir: de su tribu, puesto que su gente se casaba a los trece años- estaban entregadas, cantando, a los juegos y rejuegos del metate. El cielo de aquel mediodía era negro. Parecía que las tierras negras de las comarcas negras se hubiese subido, de horizonte a horizonte. En eso sonó la Gran-voz-de-Quien-todo-lo-Hizo: 

-“Cúbrete los oídos”, dijo. 

Apenas Amaliwak hubo obedecido, retumbó un trueno tan horrísono y prolongado que los animales de la Enorme-Canoa quedaron ensordecidos. Entonces empezó a caer la lluvia. Lluvia de Cólera de los Dioses, pared de agua de un espesor infinito, bajada de lo alto; techo de agua en desplome perpetuo. Como era imposible respirar, siquiera, bajo semejante lluvia, el viejo entró en la casa. Ya caían goteras, ya lloraban las mujeres, ya chillaban los niños. Y ya no se supo del día ni de la noche. Todo era noche. Amaliwak, ciertamente, se había provisto de mechas que, al ser encendidas, ardían más o menos durante el tiempo de un día o de una noche. Pero ahora, con la ausencia de luz, estaba desconcertado en sus cálculos, dando noches por días y días por noches. Y, de súbito, en un momento que el anciano no olvidaría nunca, la proa de la canoa empezó a dar bandazos. Una fuerza levitaba, alzaba, empujaba, aquella construcción hecha a los dictados de los Poderosos de las Montañas y de los Cielos. Y después de una tensión, de una indecisión, de un miedo, que obligó a Amaliwak a tomarse un jarro entero de Chicha de maíz, hubo como un embate sordo. La Enorme-Canoa había roto su última atadura con la tierra. Flotaba. Y se lanzaba hacia un mundo de raudales abiertos entre montañas, raudales cuyo bramido continuo ponía pavor en el pecho de los hombres y animales. La Enorme-Canoa flotaba.

III

Al principio Amaliwak y sus hijos y sus nietos y bisnietos y tataranietos trataron, aullantes, de piernas abiertas en las cubiertas, de concentrarse en alguna maniobra del timón. Era inútil. Circundada la montaña, azotada por los rayos, la Enorme-Canoa caía, de raudal en raudal, de viraje en viraje, esquivando los escollos, sin topar con nada, por su misma debilidad en seguir el enfurecido correr de las aguas. Cuando el anciano se asomaba a la borda de su Enorme-Canoa, la veía correr, harto rauda, desorientada, desnortada (¿acaso se veían las estrellas?) en su mar de fango líquido que iba empequeñeciendo las montañas y los volcanes. Porque a aquél se le miraba de cerca el exiguo abismo que otrora arrojara fuego. Poco impresionaban sus labios de lava llovida. Las montañas se reducían en tamaño en aquella desaparición creciente de sus faldas. E iba la Enorme-Canoa por rumbos inseguros, a veces, antes de arrojarse a un disparadero de aguas que paraba en cataratas ya amansadas por las aguas -según el mal cálculo de Amaliwak había llovido durante más de veinte días, y de aquella manera tremebunda…- dejaron de caer del cielo. Se hizo un gran remanso, una gran mar quieta entre las últimas cimas visibles, con sus playas de lado pintadas a millares de palmos de altura, y la Enorme-Canoa dejó de agitarse. Era como si La-Gran-Voz-de-Quien-Todo-lo-Hizo le impusiera un descanso. Las mujeres habían regresado a sus metates. Los animales, abajo, estaban tranquilos; todos, desde el día de la Revelación, se habían conformado con el yantar cotidiano, de maíz y de yuca, así fueran carnívoros. Amaliwak, cansado, se echó un buen jarro de Chicha en el gaznate y se echó a dormir en su chinchorro.

Al tercer día de sueño lo despertó el choque de su nave con alguna cosa. Pero no era cosa de roca, ni de piedra, ni de troncos muy viejos, de esos que yacían petrificados, intocables en los claros de la selva. El golpe había derribado algunas cosas: jarros, enceres, armas, por su violencia. Pero había sido un golpe blando, como de madera mojada con madera mojada, de tronco flotante con tronco flotante, en que ambos, después de herirse las cortezas, siguen juntos sus caminos, unidos como marido y mujer. Amaliwak subió a los pisos superiores de su embarcación. Su canoa había tropezado, de soslayo, con algo rarísimo. Sin fracturas había abordado una nave enorme, de costillares al descubierto, de cuadernas fuera de borda, como hecha de bambúes, de juncos, con algo sumamente singular: un mástil en torno al cual giraba, según soplara la brisa -ya habían terminado los grandes vientos- un velamen cuadrado, de cuatro caras, que agarraba el aire que soplaba por debajo, como una chimenea. Viendo así la embarcación oscura, que ninguna forma viviente animaba, pensó el anciano Amaliwak en medirla a ojo de buen comprador de jarras -con chicha adentro por supuesto. Tenía unos trescientos codos de longitud, unos cincuenta de anchura, y unos treinta codos de alto. 

-“Más o menos como mi canoa -dijo- aunque yo he dilatado a lo sumo las proporciones que me fueron dictadas por revelación. Los dioses de tanto andar por los cielos, poco saben de navegar.” 

Se abrió la escotilla de la extraña nave, apareció un anciano pequeñito, tocado con un gorro rojo, que parecía sumamente irritado. 

-“¿Qué? ¿No atamos cabos?”, gritó, en un idioma extraño, hecho a saltos de tonalidades de palabras a palabras, pero que Amaliwak entendió porque los hombres sabios, en aquellos días, entendían todos los idiomas, dialectos y jergas, de los seres humanos. 

Amaliwak mandó a lanzar cabos a la extraña embarcación; ambas se arrimaron, y se abrazó el anciano de otro anciano de tez un tanto amarillenta, que dijo venir del Reino de Sin, cuyos animales traía en las entrañas del Gran Barco. Abriendo la escotilla mostró a Amaliwak un mundo de animales desconocidos que entre divisiones de madera que limitaban sus pasos pintaban estampas zoológicas por él nunca sospechadas. Se asustó al ver que hacía ellos trepaba un oso negro de muy fea traza: abajo había como venados grandes, con gibas en los lomos. Y unos felinos brincadores, nunca quietos, que llamaban “onzas”. 

-“¿Qué hace usted aquí?”, preguntó el hombre de Sin a Amaliwak. 

-“¿Y usted?”, contestó el anciano. 

-“Estoy salvando a la especie humana y las especies animales”, dijo el hombre de Sin. 

-“Estoy salvando a la especie humana y las especies animales”, dijo el anciano Amaliwak. 

Y como las mujeres del hombre de Sin habían traído vino de arroz, no se habló más de cuestiones difíciles de dilucidar, aquella noche. Y algo borrachos estaban los hombres de Sin y el anciano Amaliwak cuando, al filo del amanecer, un golpe formidable hizo retumbar a las dos naves. Una embarcación cuadrada -trescientos codos de longitud, cincuenta más o menos de anchura, treinta codos (eran unos cincuenta) de alto- dominada por una casa vivienda con ventanas laterales, había topado con las dos naves amarradas. En la proa, antes de que fuesen a requerirlo por una mala maniobra marinera, un anciano, muy anciano, de largas barbas, recitaba lo inscripto en las pieles de los animales. Y lo recitaba a gritos, para que todos lo escucharan, y nadie viniese a requerirlo por la maniobra marinera mal hecha. Decía: 

-“Me dijo Laveh: Hazte un arca de madera de Gopher; harás aposentos en el arca, y la embetunarás con brea por dentro y por fuera. Al arca harás pisos abajo, segundo y tercero”. 

-“Aquí también hay tres pisos”, decía Amaliwak. 

Pero proseguía el otro: 

-“Y yo, he aquí que yo traigo un diluvio de aguas sobre la tierra, para destruir toda carne en que haya espíritu de vida debajo del cielo, todo lo que hay en la tierra morirá. Más estableceré un pacto contigo y entrará en el arca tú y tus hijos y tu mujer y las mujeres de tus hijos contigo…” 

-“¿No fue eso acaso lo que hice?”, dijo el anciano Amaliwak. 

Pero proseguía el otro el recitado de su Revelación: 

-“Y de todo lo que vive, de toda carne, dos de cada especie meterás en el arca, para que tengan vida contigo: macho y hembra serán. De las aves según su especie; de todo reptil de la tierra, según su especie; dos de cada especie entrarán contigo para que hayan vida”. 

-“¿Así no hice yo?”, preguntábase el anciano Amaliwak hallando que aquel extraño resultaba harto presuntuoso con sus Revelaciones que eran semejantes a todas las demás. 

Pero al pasar de embarcación en embarcación, los nexos de simpatía se fueron creando. Tanto el hombre de Sin, como el anciano Amaliwak y el Noé recién llegado eran grandes bebedores. Con el vino del último, la chicha del viejo y el licor de arroz del primero, los ánimos se fueron ablandando. Se formulaban preguntas, tímidas al comienzo, acerca de los pueblos respectivos; de sus mujeres, de sus modos de comer. Ya sólo llovía de cuando en cuando, y eso, como para poner un poco de claridad en el cielo. El Noé, del arca maciza, propuso que se hiciera algo para saber si toda vida vegetal había desaparecido del mundo. Lanzó una paloma sobre las aguas, quietas aunque fangosas en grado increíble. Al cabo de una larga espera, la paloma regresó con un ramito de olivo en el pico. El anciano Amaliwak lanzó entonces un ratón al agua. Al cabo de una larga espera regresó con una mazorca de maíz entre sus patas. El hombre del País de Sin despachó, entonces, un papagayo, que regresó con una espiga de arroz debajo del ala. La vida recobraba su curso. Sólo faltaba recibir alguna Instrucción de Aquellos que vigilan el ir y venir de los hombres desde sus templos y cavernas. Las aguas bajaban de nivel.

IV

Transcurrían los días y calladas estaban las voces de La-Gran-Voz-de-Quien-Todo-lo-Hizo, de Iaveh con quien Noé parecía haber tenido largos coloquios, con instrucciones más precisas que las impartidas a Amaliwak; de Quien-Todo-lo-Creó y vive en el espacio ingrávido y suspendido como una burbuja, escuchado por el Hombre de Sin. Desconcertados estaban los capitanes de las naves, arrimadas por sus bordas, sin saber qué hacer. Descendían las aguas; crecían las cordilleras en el horizonte de paisajes libres de nieblas. Y, una tarde en que los capitanes bebían para distraerse de sus propias cavilaciones, se anunció la aparición de una cuarta nave. Era casi blanca, de una admirable finura de líneas, con las bordas pulidas y una vela de forma que nunca habían visto por acá. Se arrimó ligeramente, y, envuelto en una capa negra, apareció su Capitán: 

-“Soy Deucalión -dijo-. De dónde se yergue un monte llamado Olimpo. He sido encargado por el Dios del Cielo y de la Luz de repoblar el mundo cuando termine este horrible diluvio” 

-“¿Y dónde lleva los animales en una nave tan exigua?”, preguntó Amaliwak. 

-“No se me ha hablado de los animales -dijo el recién llegado-. Cuando termine esto tomaremos piedras, que son los huesos de la tierra, y mi esposa Pirra las arrojará por encima de sus hombros. De cada guijarro nacerá un hombre”. 

-“Yo debo hacer lo mismo con las semillas de palmeras”, dijo Amaliwak. 

En eso, de la bruma que acababa de levantarse sobre las costas cada vez más próximas, surgió, como embistiendo, la mole enorme de una nave casi idéntica a la de Noé. Una hábil maniobra de los que la tripulaban ladeó la embarcación poniéndola al pairo. 

-“Soy Our-Napishtim -dijo el nuevo Capitán, saltando a la nave de Deucalión-. Por el Dueño-de-las-Aguas supe lo que iba a ocurrir. Entonces edifiqué el arca, y embarque en ella, además de mi familia ejemplares de animales de todas las especies. Me parece que lo peor ha pasado. Primero arrojé una paloma al espacio, pero regresó sin haber hallado cosa alguna que, para mí, significara vida. Lo mismo me ocurrió con la golondrina. Pero el cuervo no regresó: pruebas de que halló algo que comer. Estoy seguro de que en mi país, en el lugar llamado Boca de los Ríos, ha quedado gente. El agua sigue descendiendo. Ha llegado la hora de regresar a las tierras propias. Con tanta tierra de aquí, de allá, acarreada, depositada, dejada sobre los campos, tendremos buenas cosechas”. 

Y dijo el hombre de Sin: 

-“Pronto abriremos las escotillas y saldrán los animales a sus pastos fangosos; y se reanudará la guerra entre las especies; y los unos devorarán a los otros. No me cupo la gloria de salvar a la raza de los dragones, y lo siento, porque ahora esa raza se extinguirá. Sólo hallé un dragón macho, sin hembra, en el lugar septentrional donde pacen elefantes de colmillos curvos y donde los grandes lagartos ponen huevos semejantes a sacos de sésamo”. 

-“Todo está en saber si los hombres habrán salido mejores de esta aventura -dijo Noé-. Muchos deben haberse salvado en las cimas de los montes.”

Los Capitanes cenaron silenciosamente. Una gran congoja -inconfesada, sin embargo; guardada en lo hondo del pecho- les ponía lágrimas a las gargantas. Se había venido abajo el orgullo de creerse elegidos -ungidos- por las divinidades que, en suma, eran varias, y hablaban a los hombres de idéntica manera. 

-“Por ahí deben andar otras naves como las nuestras” -dijo Our-Napishtim, amargo- Más allá de los horizontes; mucho más allá debe haber otros hombres advertidos, navegando con sus cargas de animales. Debe haberlo de países donde se adora el fuego y las nubes. Debe haberlo de los Imperios del Norte que, según dicen, son tremendamente industriosos.” 

En ese instante La-Gran-Voz-de-Quien-Todo-lo-Hizo retumbó en los oídos de Amaliwak: 

-“Apártate de las demás naves, y déjate llevar por las aguas”. 

Nadie, salvo el Viejo, escuchó el tremendo mandato. Pero a todos les ocurría algo, puesto que se marcharon de prisa, sin despedirse unos de otros, volviendo a sus embarcaciones. Cada una halló la corriente que le correspondía, en un agua que ya se pintaba a la manera de un río. Y, pronto, el anciano Amaliwak se encontró solo con su gente y con sus animales. 

-“Los dioses eran muchos -pensaba-. Y donde hay tantos dioses como pueblos, no puede reinar la concordia, sino que debe vivirse en desavenencia y turbamulta en torno a las cosas del Universo.” 

Los dioses se le empequeñecían. Pero aún le tocaba una tarea que cumplir. Arrimó la Enorme-Canoa a una orilla y, bajando detrás de una de sus esposas, le hizo arrojar detrás de sus espaldas las semillas de palmera que llevaba en un saco. En el acto -y era maravilloso verlo- las semillas se transformaron en hombres que en pocos instantes crecían, pasando de la talla de niños, a la talla de mozos, a la talla de adolescentes, a la talla de hombres. Con las semillas que contuvieran gérmenes de hembra ocurría lo mismo. Al cabo de la mañana era una multitud, pululante, la que llenaba la orilla. Pero, en eso, una oscura historia de rapto de hembra, dividió a la multitud en dos bandos, y fue la guerra. Amaliwak regresó rápidamente a la Enorme-Canoa, viendo cómo los hombres, recién salvados, se mataban unos a otros. Y según sus posiciones de combate en la costa elegida para su resurrección, era evidente que ya se había creado un Bando-montaña y un Bando-valle. Ya tenía éste un ojo colgándole de la cara; ya venía el otro con el cráneo abierto por una piedra. 

-“Creo que hemos perdido el tiempo”, dijo el anciano Amaliwak poniendo su Enorme-Canoa a flote.

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(*)Alejo Carpentier: escritor cubano (1904-1980), uno de los principales exponentes de la literatura latinoamericana del siglo XX.
(1) Tomado de: http://cultural.argenpress.info/2011/10/los-advertidos.html hemos, sin embargo, separado los diálogos y corregido algunas faltas.

sábado, 26 de marzo de 2011

Horacio Quiroga (*): La gallina degollada



Todo el día, sentados en el patio, en un banco estaban los cuatro hijos idiotas del matrimonio Mazzini-Ferraz. Tenían la lengua entre los labios, los ojos estúpidos, y volvían la cabeza con la boca abierta.

El patio era de tierra, cerrado al oeste por un cerco de ladrillos. El banco quedaba paralelo a él, a cinco metros, y allí se mantenían inmóviles, fijos los ojos en los ladrillos. Como el sol se ocultaba tras el cerco, al declinar los idiotas tenían fiesta. La luz enceguecedora llamaba su atención al principio, poco a poco sus ojos se animaban; se reían al fin estrepitosamente, congestionados por la misma hilaridad ansiosa, mirando el sol con alegría bestial, como si fuera comida.

Otra veces, alineados en el banco, zumbaban horas enteras, imitando al tranvía eléctrico. Los ruidos fuertes sacudían asimismo su inercia, y corrían entonces, mordiéndose la lengua y mugiendo, alrededor del patio. Pero casi siempre estaban apagados en un sombrío letargo de idiotismo, y pasaban todo el día sentados en su banco, con las piernas colgantes y quietas, empapando de glutinosa saliva el pantalón.

El mayor tenía doce años y el menor, ocho. En todo su aspecto sucio y desvalido se notaba la falta absoluta de un poco de cuidado maternal.

Esos cuatro idiotas, sin embargo, habían sido un día el encanto de sus padres. A los tres meses de casados, Mazzini y Berta orientaron su estrecho amor de marido y mujer, y mujer y marido, hacia un porvenir mucho más vital: un hijo. ¿Qué mayor dicha para dos enamorados que esa honrada consagración de su cariño, libertado ya del vil egoísmo de un mutuo amor sin fin ninguno y, lo que es peor para el amor mismo, sin esperanzas posibles de renovación?

Así lo sintieron Mazzini y Berta, y cuando el hijo llegó, a los catorce meses de matrimonio, creyeron cumplida su felicidad. La criatura creció bella y radiante, hasta que tuvo año y medio. Pero en el vigésimo mes sacudiéronlo una noche convulsiones terribles, y a la mañana siguiente no conocía más a sus padres. El médico lo examinó con esa atención profesional que está visiblemente buscando las causas del mal en las enfermedades de los padres.

Después de algunos días los miembros paralizados recobraron el movimiento; pero la inteligencia, el alma, aun el instinto, se habían ido del todo; había quedado profundamente idiota, baboso, colgante, muerto para siempre sobre las rodillas de su madre.

-¡Hijo, mi hijo querido! -sollozaba ésta, sobre aquella espantosa ruina de su primogénito.

El padre, desolado, acompañó al médico afuera.

-A usted se le puede decir: creo que es un caso perdido. Podrá mejorar, educarse en todo lo que le permita su idiotismo, pero no más allá.

-¡Sí!... ¡Sí! -asentía Mazzini-. Pero dígame: ¿Usted cree que es herencia, que...?

-En cuanto a la herencia paterna, ya le dije lo que creía cuando vi a su hijo. Respecto a la madre, hay allí un pulmón que no sopla bien. No veo nada más, pero hay un soplo un poco rudo. Hágala examinar detenidamente.

Con el alma destrozada de remordimiento, Mazzini redobló el amor a su hijo, el pequeño idiota que pagaba los excesos del abuelo. Tuvo asimismo que consolar, sostener sin tregua a Berta, herida en lo más profundo por aquel fracaso de su joven maternidad.

Como es natural, el matrimonio puso todo su amor en la esperanza de otro hijo. Nació éste, y su salud y limpidez de risa reencendieron el porvenir extinguido. Pero a los dieciocho meses las convulsiones del primogénito se repetían, y al día siguiente el segundo hijo amanecía idiota.

Esta vez los padres cayeron en honda desesperación. ¡Luego su sangre, su amor estaban malditos! ¡Su amor, sobre todo! Veintiocho años él, veintidós ella, y toda su apasionada ternura no alcanzaba a crear un átomo de vida normal. Ya no pedían más belleza e inteligencia como en el primogénito; ¡pero un hijo, un hijo como todos!

Del nuevo desastre brotaron nuevas llamaradas del dolorido amor, un loco anhelo de redimir de una vez para siempre la santidad de su ternura. Sobrevinieron mellizos, y punto por punto repitióse el proceso de los dos mayores.

Mas por encima de su inmensa amargura quedaba a Mazzini y Berta gran compasión por sus cuatro hijos. Hubo que arrancar del limbo de la más honda animalidad, no ya sus almas, sino el instinto mismo, abolido. No sabían deglutir, cambiar de sitio, ni aun sentarse. Aprendieron al fin a caminar, pero chocaban contra todo, por no darse cuenta de los obstáculos. Cuando los lavaban mugían hasta inyectarse de sangre el rostro. Animábanse sólo al comer, o cuando veían colores brillantes u oían truenos. Se reían entonces, echando afuera lengua y ríos de baba, radiantes de frenesí bestial. Tenían, en cambio, cierta facultad imitativa; pero no se pudo obtener nada más.

Con los mellizos pareció haber concluido la aterradora descendencia. Pero pasados tres años desearon de nuevo ardientemente otro hijo, confiando en que el largo tiempo transcurrido hubiera aplacado a la fatalidad.

No satisfacían sus esperanzas. Y en ese ardiente anhelo que se exasperaba en razón de su infructuosidad, se agriaron. Hasta ese momento cada cual había tomado sobre sí la parte que le correspondía en la miseria de sus hijos; pero la desesperanza de redención ante las cuatro bestias que habían nacido de ellos echó afuera esa imperiosa necesidad de culpar a los otros, que es patrimonio específico de los corazones inferiores.

Iniciáronse con el cambio de pronombre: tus hijos. Y como a más del insulto había la insidia, la atmósfera se cargaba.

-Me parece -díjole una noche Mazzini, que acababa de entrar y se lavaba las manos- que podrías tener más limpios a los muchachos.

Berta continuó leyendo como si no hubiera oído.

-Es la primera vez -repuso al rato- que te veo inquietarte por el estado de tus hijos.

Mazzini volvió un poco la cara a ella con una sonrisa forzada:

-De nuestros hijos, ¿me parece?

-Bueno, de nuestros hijos. ¿Te gusta así? -alzó ella los ojos.

Esta vez Mazzini se expresó claramente:

-¿Creo que no vas a decir que yo tenga la culpa, no?

-¡Ah, no! -se sonrió Berta, muy pálida- ¡pero yo tampoco, supongo!... ¡No faltaba más!... -murmuró.

-¿Qué no faltaba más?

-¡Que si alguien tiene la culpa, no soy yo, entiéndelo bien! Eso es lo que te quería decir.

Su marido la miró un momento, con brutal deseo de insultarla.

-¡Dejemos! -articuló, secándose por fin las manos.

-Como quieras; pero si quieres decir...

-¡Berta!

-¡Como quieras!

Éste fue el primer choque y le sucedieron otros. Pero en las inevitables reconciliaciones, sus almas se unían con doble arrebato y locura por otro hijo.

Nació así una niña. Vivieron dos años con la angustia a flor de alma, esperando siempre otro desastre. Nada acaeció, sin embargo, y los padres pusieron en ella toda su complaciencia, que la pequeña llevaba a los más extremos límites del mimo y la mala crianza.

Si aún en los últimos tiempos Berta cuidaba siempre de sus hijos, al nacer Bertita olvidóse casi del todo de los otros. Su solo recuerdo la horrorizaba, como algo atroz que la hubieran obligado a cometer. A Mazzini, bien que en menor grado, pasábale lo mismo. No por eso la paz había llegado a sus almas. La menor indisposición de su hija echaba ahora afuera, con el terror de perderla, los rencores de su descendencia podrida. Habían acumulado hiel sobrado tiempo para que el vaso no quedara distendido, y al menor contacto el veneno se vertía afuera. Desde el primer disgusto emponzoñado habíanse perdido el respeto; y si hay algo a que el hombre se siente arrastrado con cruel fruición es, cuando ya se comenzó, a humillar del todo a una persona. Antes se contenían por la mutua falta de éxito; ahora que éste había llegado, cada cual, atribuyéndolo a sí mismo, sentía mayor la infamia de los cuatro engendros que el otro habíale forzado a crear.

Con estos sentimientos, no hubo ya para los cuatro hijos mayores afecto posible. La sirvienta los vestía, les daba de comer, los acostaba, con visible brutalidad. No los lavaban casi nunca. Pasaban todo el día sentados frente al cerco, abandonados de toda remota caricia. De este modo Bertita cumplió cuatro años, y esa noche, resultado de las golosinas que era a los padres absolutamente imposible negarle, la criatura tuvo algún escalofrío y fiebre. Y el temor a verla morir o quedar idiota, tornó a reabrir la eterna llaga.

Hacía tres horas que no hablaban, y el motivo fue, como casi siempre, los fuertes pasos de Mazzini.

-¡Mi Dios! ¿No puedes caminar más despacio? ¿Cuántas veces...?

-Bueno, es que me olvido; ¡se acabó! No lo hago a propósito.

Ella se sonrió, desdeñosa: 

-¡No, no te creo tanto!

-Ni yo jamás te hubiera creído tanto a ti... ¡tisiquilla!

-¡Qué! ¿Qué dijiste?...

-¡Nada!

-¡Sí, te oí algo! Mira: ¡no sé lo que dijiste; pero te juro que prefiero cualquier cosa a tener un padre como el que has tenido tú!

Mazzini se puso pálido.

-¡Al fin! -murmuró con los dientes apretados-. ¡Al fin, víbora, has dicho lo que querías!

-¡Sí, víbora, sí! Pero yo he tenido padres sanos, ¿oyes?, ¡sanos! ¡Mi padre no ha muerto de delirio! ¡Yo hubiera tenido hijos como los de todo el mundo! ¡Esos son hijos tuyos, los cuatro tuyos!

Mazzini explotó a su vez.

-¡Víbora tísica! ¡eso es lo que te dije, lo que te quiero decir! ¡Pregúntale, pregúntale al médico quién tiene la mayor culpa de la meningitis de tus hijos: mi padre o tu pulmón picado, víbora!

Continuaron cada vez con mayor violencia, hasta que un gemido de Bertita selló instantáneamente sus bocas. A la una de la mañana la ligera indigestión había desaparecido, y como pasa fatalmente con todos los matrimonios jóvenes que se han amado intensamente una vez siquiera, la reconciliación llegó, tanto más efusiva cuanto infames fueran los agravios.

Amaneció un espléndido día, y mientras Berta se levantaba escupió sangre. Las emociones y mala noche pasada tenían, sin duda, gran culpa. Mazzini la retuvo abrazada largo rato, y ella lloró desesperadamente, pero sin que ninguno se atreviera a decir una palabra.

A las diez decidieron salir, después de almorzar. Como apenas tenían tiempo, ordenaron a la sirvienta que matara una gallina.

El día radiante había arrancado a los idiotas de su banco. De modo que mientras la sirvienta degollaba en la cocina al animal, desangrándolo con parsimonia (Berta había aprendido de su madre este buen modo de conservar la frescura de la carne), creyó sentir algo como respiración tras ella. Volvióse, y vio a los cuatro idiotas, con los hombros pegados uno a otro, mirando estupefactos la operación... Rojo... rojo...

-¡Señora! Los niños están aquí, en la cocina.

Berta llegó; no quería que jamás pisaran allí. ¡Y ni aun en esas horas de pleno perdón, olvido y felicidad reconquistada, podía evitarse esa horrible visión! Porque, naturalmente, cuando más intensos eran los raptos de amor a su marido e hija, más irritado era su humor con los monstruos.

-¡Que salgan, María! ¡Échelos! ¡Échelos, le digo!

Las cuatro pobres bestias, sacudidas, brutalmente empujadas, fueron a dar a su banco.

Después de almorzar salieron todos. La sirvienta fue a Buenos Aires y el matrimonio a pasear por las quintas. Al bajar el sol volvieron; pero Berta quiso saludar un momento a sus vecinas de enfrente. Su hija escapóse enseguida a casa.

Entretanto los idiotas no se habían movido en todo el día de su banco. El sol había traspuesto ya el cerco, comenzaba a hundirse, y ellos continuaban mirando los ladrillos, más inertes que nunca.

De pronto algo se interpuso entre su mirada y el cerco. Su hermana, cansada de cinco horas paternales, quería observar por su cuenta. Detenida al pie del cerco, miraba pensativa la cresta. Quería trepar, eso no ofrecía duda. Al fin decidióse por una silla desfondada, pero aun no alcanzaba. Recurrió entonces a un cajón de kerosene, y su instinto topográfico hízole colocar vertical el mueble, con lo cual triunfó.

Los cuatro idiotas, la mirada indiferente, vieron cómo su hermana lograba pacientemente dominar el equilibrio, y cómo en puntas de pie apoyaba la garganta sobre la cresta del cerco, entre sus manos tirantes. Viéronla mirar a todos lados, y buscar apoyo con el pie para alzarse más.

Pero la mirada de los idiotas se había animado; una misma luz insistente estaba fija en sus pupilas. No apartaban los ojos de su hermana mientras creciente sensación de gula bestial iba cambiando cada línea de sus rostros. Lentamente avanzaron hacia el cerco. La pequeña, que habiendo logrado calzar el pie iba ya a montar a horcajadas y a caerse del otro lado, seguramente sintióse cogida de la pierna. Debajo de ella, los ocho ojos clavados en los suyos le dieron miedo.

-¡Soltáme! ¡Déjame! -gritó sacudiendo la pierna. Pero fue atraída.

-¡Mamá! ¡Ay, mamá! ¡Mamá, papá! -lloró imperiosamente. Trató aún de sujetarse del borde, pero sintióse arrancada y cayó.

-Mamá, ¡ay! Ma. . . -No pudo gritar más. Uno de ellos le apretó el cuello, apartando los bucles como si fueran plumas, y los otros la arrastraron de una sola pierna hasta la cocina, donde esa mañana se había desangrado a la gallina, bien sujeta, arrancándole la vida segundo por segundo.

Mazzini, en la casa de enfrente, creyó oír la voz de su hija.

-Me parece que te llama -le dijo a Berta.

Prestaron oído, inquietos, pero no oyeron más. Con todo, un momento después se despidieron, y mientras Berta iba dejar su sombrero, Mazzini avanzó en el patio.

-¡Bertita!

Nadie respondió.

-¡Bertita! -alzó más la voz, ya alterada.

Y el silencio fue tan fúnebre para su corazón siempre aterrado, que la espalda se le heló de horrible presentimiento.

-¡Mi hija, mi hija! -corrió ya desesperado hacia el fondo. Pero al pasar frente a la cocina vio en el piso un mar de sangre. Empujó violentamente la puerta entornada, y lanzó un grito de horror.

Berta, que ya se había lanzado corriendo a su vez al oír el angustioso llamado del padre, oyó el grito y respondió con otro. Pero al precipitarse en la cocina, Mazzini, lívido como la muerte, se interpuso, conteniéndola:

-¡No entres! ¡No entres!

Berta alcanzó a ver el piso inundado de sangre. Sólo pudo echar sus brazos sobre la cabeza y hundirse a lo largo de él con un ronco suspiro.

__________
(*) Horacio Quiroga: (Salto, Uruguay, 1878 - Buenos Aires, Argentina, 1937). Narrador uruguayo radicado en Argentina, considerado uno de los mayores cuentistas latinoamericanos de todos los tiempos. Su obra se sitúa entre la declinación del modernismo y la emergencia de las vanguardias

(1) Tomado de:
http://cultural.argenpress.info/2011/03/la-gallina-degollada.html

martes, 1 de septiembre de 2009

José Mª Amigo Zamorano: El Extraño y Verde Amor de Tareo


Fue un acto espontáneo. Libre. Puro. Pero nadie le hizo caso. ¡Pobre Tareo! Siempre pensando en ellas.
Él sabe que estuvo contemplándolas largo rato durante parte de su vida. Encontraba similitudes o parecidos asombrosos.
-¡Qué bonitas! Pero... ¡qué bonitas!
Tareo desde ese lugar recoleto del parque las veía moverse suavemente. Cerró los ojos.
No sabe el rato que estuvo así, lo que si se acuerda es que oyó algo, y abrió los ojos cuando ya el guarda miraba en derredor y como no viera a nadie cerró la puerta de entrada del parque.
Corrió a llamarle pero ya se perdía por entre las calles aledañas.
Se encogió de hombros. Total, no tenía nada que hacer. Y por lo tanto, prisa tampoco. No había previsto acto alguno. Si acaso comer... De eso podía pasar, porque no tenía hambre. Y si le entrara gazuza, que quizás le entrase, en poco más de dos o tres horas abrirían de nuevo el parque. Luego comería en la residencia.
Se dio la vuelta y comenzó a andar por el primer sendero que se encontró. Silencio. Solo el piar de los pájaros y sus pasos lo interrumpía. Y calor. Mucho calor.
Casi sin proponérselo se halló, al poco rato, en su lugar preferido. Un lugar recoleto, rodeado de árboles. Debajo de unos plátanos había un banco. Y justo, enfrente, un estanque. Se sentó. Allí se sentaba siempre. Alargó ambos brazos acariciando con las manos las barras de madera del respaldo del banco. Cerró sus ojos dejándose llevar por el silencio que el canto de los pájaros adornaba. Al arrullo de sus trinos le vinieron ellas a su recuerdo. Un recuerdo placentero, casi lujurioso.
-¡Qué calor hace! Hoy, al sol, se achicharran hasta las cigarras.
De repente dijo en voz alta:
-¿Y si me desnudara?
Y a continuación se preguntó:
-Y... ¿por qué no?
Y dicho y hecho: se quedó como su madre lo pariera, en bolas.
-¡Qué gusto!
Se rió acordándose de lo que cuenta Azaña en sus memorias sobre uno de sus generales, Pedro de la Cerda; al parecer se paseaba por los pinares de Las Navas del Marqués, donde tenía una finca, desnudo. Delante de él iba un soldado diciéndoles a los veraneantes:
-Apártense, que viene el general en cueros.
-¡Qué jodío don Pedro de la Cerda y López Mollinedo! ¡Qué jodío!
Se levantó del banco y comenzó a marcar el paso al ritmo militar:
-Uno, dos, tres, cuatro. Uno, dos, tres, cuatro. ¡Alto! ¡Ya!
Y cuadrándose, se llevó la mano a la frente en actitud de saludo. Miró en derredor como saludando con la vista a unos presuntos espectadores.
-¡Rompan filas, ya!
Con el roce el miembro se le levantó y roto el encuadre de firme se miró hacia abajo prorrumpiendo en sonaras carcajadas.
-¡A sus órdenes, mi comandante fálico!
Y riéndose volvió a sentarse. Cerró los ojos otra vez. Pero aun así seguía contemplándolas. En unos lugares formaban espesas masas. Como esas fotos en las que aparecen miles y que un fotógrafo se ha especializado precisamente en ellas. En otras se portaban como individuos desgajados del entorno, difíciles de disciplinar, anárquicas.
Para él todas eran queridas. Deseables. Con lúbrica ambucia las tenía en su mente.
Además había observado que una de sus partes, aunque en puridad, no tenía movimiento, a veces se movía.
-A ver -se decía- no es un movimiento mecánico.
El sabía que la materia... lo sustancial de la materia... es movimiento, transformación, cambio.
-Veamos la cosa -dijo en alta voz.
Y quería decir que ese movimiento a veces era visible a simple vista. Otras no. Cuando era percibido por el sentido de la vista era muy variable, dependiendo, claro está, de la clase de cada una.
Lo comparaba con las masas de gente, ya puesto que hay masas y masas: no se mueven de la misma manera las que van al fútbol que las que se dirigen a ver una película; o no se comportan lo mismo las que acuden a un concierto de música que aquellas cuyo objetivo es una exposición de pintura...
Y dentro de esas masas los individuos forman submasas: las ariscas, mansas, anodinas...
Abrió los ojos. Pene enhiesto. Deshinibido. Libre. Puro. Natural. Se estiró. Acarició su falo tieso.
-Saluda a Venus que te mira, lúbrica, desde arriba, desde el cielo.
Y volvió a reirse a mandíbula batiente. Como un orate.
Cuando se fue tranquilizando volvió a pensar en ellas obsesivo, insistente, sacándole esas similitudes o pareceres, que ya se ha mentado, en cada una de ellas.
No sólo halló un cierto parecido, pues todas terminaban, una parte de ellas al menos, en punta; eso sí, unas redondeadas, otras más puntiagudas; las había de forma circular; en cuanto a su forma de moverse unas producían irisaciones; en cambio ese mismo movimiento en unas era lánguido, desmayado y en otras vivo, alegre, retozón...
Con todas ellas quería bailar él; las apretaría contra si...
Volvió a estirarse. Esta vez su miembro estaba duro como una piedra.
-¡Miralas! Ahí las tienes. Te miran ansiosas. Son tuyas. Todas. Obsérvalas.
Se levantó y en un arranque de decisión desgajó una rama y se pudo a bailar con ella. Daba vueltas y vueltas como un loco. Apretaba la rama contra él. Las hojas acariciaban su pene. Así estuvo un buen rato como si no estuviera en su ser. Luego, con sumo cuidado, casi con delicadeza, llevó la rama hasta el banco, la depositó con suavidad y le dio un beso a una de sus hojas. Extendió los brazos y giró en redondo.
-Yo soy la naturaleza y la naturaleza me quiere. Y yo las quiera a todas ellas.
Un niño, que había oído voces, se asomó a ese rincón del parque y le dijo a madre:
-Mira, mamá, ese hombre lo tiene como papá.
Fue un acto espontáneo. Puro. Libre. Pero nadie le hizo caso. No lo creyeron cuando lo explicaba. Por eso lo devolvieron al manicomio.
Y cuando se descuidan los loqueros se pasea, como su madre lo parió al mundo, por los alrededores del establecimiento.
¡Pobre Tareo! Siempre agarrado a ellas.


miércoles, 17 de septiembre de 2008

José Mª Amigo Zamorano: 'Un intruso en la terraza'

No encontró la abertura por donde había penetrado en aquel recinto. Ellos, que se encontraban allí jugando, lo miraron extrañados, con cierto miedo, en primer lugar por su color. Era mas bien negro. Tirando a moreno. Lo que lo hacía más visible y más vulnerable. No podía mimetizarse en esa terraza encristalada. Las miradas seguían prendidas en él. O se ponían a jugar dando la impresión de haberlo olvidado. Pero se iban alejando.


Mientras tanto el forastero insistía e insistía en buscar la salida de la encerrona en la que había caído. Sin querer. Por casualidad. Si habláramos con precisión, ‘por casualidad’, no serían las palabras exactas, porque sus movimientos tenían siempre una meta cierta: el conseguir alimento. Por supuesto, esa finalidad, en modo alguno, queremos ponerlo como una rareza, como singularidad, al contrario, es meta esencial para seguir viviendo a cualquier ser natural que se precie de terrícola.

Sin embargo en los individuos que tienen garantizado el sustento diario, tal necesidad no aparece como primordial, llegando a observar esa búsqueda de alimentos, en los otros, como algo primario; una muestra de animalidad que ellos hubieran superado. Pero eso es solo un barniz que desaparece con un ayuno forzado; por ejemplo: con huelga general cuando los comercios se desabastecen. Entonces, se vuelven como locos, ¿durará mucho?... ¿dónde encontrar comida?... ¿será el fin del mundo?... ¿se han vuelto locos?... Y llaman a la policía, al ejército, a los obispos, a los rabinos, a los imanes… y acusan a los obreros huelguistas de ser los culpables de esa intromisión de la necesidad, -como se había entrometido ese negro en la terraza, en su terraza-, consiguiendo anular su alma, someterla bajo el imperio de tales coyunturas nefandas.

De modo que quizás ellos, que lo miraban, y nosotros que asistíamos impertérritos a la escena, como espectadores, fuéramos de parecida o similar condición.

Era a nosotros a quien más nos molestaba esa irrupción de la naturaleza, sin veladuras, en nuestras vidas colmadas de espíritu. Encontrarnos, así, de golpe, con la representación manifiesta de que somos naturaleza, lo queramos o no, lo pensemos o no; que, por lo tanto, no estábamos por encima ni por debajo de ella.

Si él había entrado, era por necesidad. Lo mismo que los trabajadores que paran su trabajo. Lo hacen movidos por la necesidad. Reivindican mejores salarios con que combatir el aumento de los precios de los alimentos. Es decir: necesitan abastecer su estómago. Y si, después de largos días, no pueden resistir, buscan una salida imperiosa al conflicto, por pura necesidad de lo mismo.

Necesidad de salida como tenía él. El negro. Mas bien moreno amarronado. O café con leche. Una necesidad acuciante, urgente, lo empujaba a irse de allí, a causa, entre otras razones, pensamos, porque en la terraza, precisamente en ella, no halla lo que busca: el alimento. Y se encuentra con una necesidad añadida: la de encontrar el hueco por donde entró. Y no lo encuentra por más que mira y remira; aun transladándose de un lugar a otro, cada vez más nervioso; explorando tanto los arribas como los abajos; para encontrarse siempre con una libertad aparente, al estar rodeado de cristal que impide su paso; corta su ansia de liberarse, de salir al aire, aire libre de verdad. En su desesperación ya no distingue la realidad y la ficción; para ser más precisos, y lo éramos, queremos decir que no distingue entre libertad y su apariencia. Es así que se da, insistentemente, de bruces, con ese remedo de libertad: el cristal transparente. Y con el cansancio ya no se topa con el vidrio sino solo con un poco espacio de cristal, para terminar por golpear tan solo un punto del cristal. Al que parece querer horadarlo. A veces se para un momento para descansar. Pues por muy acostumbrado que esté a moverse de un sitio para otro, la resistencia tiene un límite. No es eterna. Las fuerzas van llegando a su término. Va mellándose su vigor. Los movimientos son más lentos. Y se vuelve a detener una vez más.

Indiferentes a la lucha por la vida de él, ya que, ellos, la tienen asegurada y bien asegurada, lo están contemplando ahora con más inquietud. Casi con miedo... Casi no, con miedo. Se asustan. Se esconden. Se parapetan. Se agazapan. El diferente les desasosiega, les conmueve, casi todos los singulares les producen cierto miedo: el leproso, el genio, el loco, el cojo, el mendigo, el emigrante, el jorobado, el revolucionario…

Desde su escondrijo lo observan, hasta se asoman un momento, para volver de inmediato a esconderse.

Él, ahora, se levanta con renovadas fuerzas. Pero... solo unos instantes. Unos aleteos finales y cae al suelo el colibrí. A pocos centímetros de la ranura de la ventana por donde había entrado. A un suspiro de la libertad.

Los dos gatos salen de su escondite. Se abalanzan sobre él, que aun alienta. Juegan con el colibrí. Le hincan las uñas. Lo despedazan. Se lo tragan.

martes, 9 de septiembre de 2008

José Mª Amigo Zamorano: Tras una cena abundante

Tras una cena con sopa de pescado, chuletón asado, ensalada, mamiya, que en castellano se dice cuajada, y café, copa y puro, que en Euskadi se dice café completo, Joaquín y Pepe durmieron como obispos o como cerdos o como reyes.

A los mamíferos zampabollos les da igual la palabra. Porque por la mañana, nada más despertarse, todos, sin haber puesto el pie en el suelo, si duermen en la cama y si no es igual, se desperezan, estiran brazos o patas y se acarician la barriga con amoroso agradecimiento.


El día se abre sonriente a los seres que han sabido extraer el jugo de los buenos y abundantes alimentos.

Lo que menos esperaban ver Pepe y Joaquín, que el orden le es indiferente al caso que vamos a narrar brevemente, es la tristeza a la entrada de la aurora. Pero el dolor, fuera de una barriga bien alimentada, existe acompañada de angustia y llanto.

A veces ese sufrimiento es heredado y las lágrimas se presentan empujadas por el más leve acicate.

Aquella mañana, después del abundante ágape regado generosamente con vinos y licores, cuando ambos amigos y compañeros de trabajo entraron en la cocina para tomarse el desayuno encontraron a la dueña del piso, donde estaban a pensión, llorando. Un llanto amargo. Y los azulejos de la cocina parecían reflejar esa amargura.

-¿Qué le pasa señora Hortensia? ¿No habrá sido otra vez su hijo?

El hijo la traía a veces a mal traer y habían tenido que salir en su defensa; y es que era muy buena con ellos y los trataba como si fueran sus hijos.

-Nada, hijos, cosas mías. La culpa en este caso no la ha tenido mi hijo. La culpa la tienen este trozo de pan y este cacho de queso.

Se quedaron sorprendidos por tan extraña respuesta.

La señora Hortensia era una mujer pequeña, menuda, cara redondo con profundas arrugas, unos ojos negros hermosos como negros eran los vestidos con se cubría. Había emigrado desde Extremadura al País Vasco ya hacía quince años con su único hijo producto de su unión o casamiento con un mozo extremeño:

-El más guapo de La Serena, decía ella.

-Fue el único 'alfabeto' del pueblo del que no recuerdo el nombre, contaba otro emigrante extremeño.

Y añadía:

-Yo me alegro de no ser 'alfabeto' porque a todos ellos los mataron los franquistas.

Efectivamente, el marido de la señora Hortensia fue uno de los pocos jornaleros de su pueblo que sabía leer y escribir.

Cuando se sublevaron los militares facciosos en 1936 encabezó el comité que se formó para defender la República. Y, más tardé, se alistó en el ejército del Gobierno de la República con tan mala suerte que en el primer frente de guerra murió.

Esto les estaba contando, una vez más, a Joaquín y a Pepe.

Lo hacía con tanta viveza, los ojos humedecidos por el llanto, que ellos estaban prendidos de sus palabras. Se maravillaban de su elocuencia porque sabían que ella, como la mayoría de las de su pueblo -les había dicho en numerosas ocasiones- era analfabeta. Lo mismo que se asombraban cuando les recitaba romances de una extensión considerable.

-Mi pueblo fue muy disputado.

La señora Hortensia les narraba los avatares que tuvo que sufrir con su familia. Iban paralelos al curso de la guerra: si el pueblo lo tomaban los enemigos de la República le quitaban todo, hasta la echaban de casa teniendo que vivir de la ayuda de los vecinos; si el pueblo volvía a estar en poder de la legalidad republicana la volvían a colocar en su casa con todas sus pertenencias; e incluso la homenajeaban desde el balcón del Ayuntamiento como la mujer de un héroe muerto en combate.

-Con el triunfo de los militares 'fachistas' me quedé sin nada. Viví muy malamente en una choza junto a mi padre. Él se fue haciendo viejo, es ley de vida, y ya los terratenientes no le daban trabajo. Pasaba hambre. Pasábamos hambre...

Su voz se le quebró en un solllozo.

-Mi padre murió pidiendo pan. Murió de hambre. Parece que lo estoy viendo...

Miró a la mesa y tocó el trozo de pan y el cacho de queso...

-Comprendan ustedes, hijos. He visto esta mañana que habían dejado estos trozos que les había dejado para cenar... Y he pensado en mi padre. No lo he podido remediar.

Se marcharon cabizbajos al trabajo. Comprendieron su dolor. Entendieron su mundo... que no era el de ellos... ¿O si?...

Como se ve, después de una cena con sopa de pescado, chuletón a la brasa, ensalada, mamiya, que es como se dice en euskera cuajada, y café completo que en realidad es café, copa y puro... puede ocurrir cualquier cosa.



miércoles, 4 de junio de 2008

Iswe Letu: 'Como ciegos con pistolas'

Ya lo dice el refrán: 'A río revuelto... '


Cuando suenan tiros (recordáis en Aravaca que asesinaron a aquella trabajadora emigrante sin mas ni mas, ¿no? O el joven antifascista hace poco ¿no?) un estremecimiento irracional recorre las conciencias de todos nosotros como un hilo de miedo. Salimos disparados, atropelladamente, voceando a grito pelado; o haciendo la ciaboga en silencio.

Si huímos, cargamos la culpa encima cegados y aturdidos por un sinúmero de declaraciones: 'hay racismo', nos dicen y agachamos la cabeza; 'son brotes de xenofobia', aseguran y asentimos; 'es la crisis económica', 'la desorientación ante el vacío espiritual', 'la quiebra de los valores tradicionales'... Aceptamos sumisos repitiendo como un eco: 'omica', 'iritual', 'onales'...

Además, como la sociedad somos nosotros, padecemos la crisis, estamos desorientados y, al parecer, somos racistas, los asesinos, esos grupos ultras que aparecen de la noche a la mañana (más por la noche que por la mañana) son casi nuestra punta de lanza, la vanguardia vengadora de esas crisis, quiebras, desorientaciones...

En resumen: los carniceros, esos asesinos, son los valientes paladines que han transformado en hechos sangrientos lo que los demás, al parecer, deseábamos pero no teníamos lo que había que tener.

Más tarde, y ya pasado el miedo, la cagalera producida por los tiros, el cerebro se pone a funcionar friamente. Vemos la burda maniobra: el cendal que intenta tapar nuestros ojos. Es viejo como la mentira, antiguo como el mundo: se llama tergiversación, manipulación, mentira.

Es, también, la huida cuando las dificultades arrecian, las soluciones no llegan y las salidas se cierran. Panorama ante el que siempre se han montado tinglados más o menos sangrientos, quizás por aquello del poeta 'un cadáver más que importa al mundo'. O varios miles. Ejemplo más lejano: los nazis queman el Reistag para achacárselo a los comunistas. Ejemplo más cercano: Irak.

Los trabajadores, así, nos enzarzamos o enredamos en las mallas del odio al vecino: gitano, negro, comunista, rubio, emigrante, castellano, vasco o chihuahua.

Desviamos, luego, la atención del centro del problema (que es lo que quieren), del centro de la diana: bajos salarios, corrupción, precariedad, paro, explotación, camellos, chorizos... Apuntamos en otra dirección y somos, al decir del escritor Chester Himes, como 'ciegos con una pistola': los personajes negros del barrio neoyorquino de Harlem de Himes se debaten entre el misticismo, el retorno a Africa y las luchas contra los blancos; es decir: son ciegos que de ese modo, jamás, verán el sol metidos, como están, además, entre la basura, los escombros, los piojos y las ratas.

De modo que alerta nosotros, por lo menos nosotros, no nos dejemos desviar la atención de lo importante. Tenemos en España materia prima suficiente entre el centro y la periferia, si nos dejamos llevar por los de la España Una-Grande-y-Libre pepera, para convertir nuestra patria en un polvorín semejante a la ex-Yugoeslavia. A poco que nos descuidemos, dejándonos manipular, alejándonos de lo que más nos importa, podemos convertirnos en ciegos con pistolas. Lo mas tonto que ha parido madre.