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lunes, 4 de abril de 2011

Iswe Letu: El sueño vegetal



la cabeza desnuda y descalzos en el frescor del mundo acariciándonos en las encalladuras de paquebotes mas absurdos que el nacer allí en una isla propia aislados del resto del mundo como todos y unidos en los arrabales a los arrebatos de carne viva sin movernos luego para hallar el agua fresca que mana entre una maraña de vegetales para lavarnos la boca la cara y el sexo que ya tiene un olor a saltamontes aplastados en su savia pero que no nos importa porque nos da lo mismo tirar para un lado que para el otro

el sueño camaradas sobre la escollera de la vida sin palabras de horizonte en nuestros bolsillos huérfanos y desnudos bajo los dinteles de un hombre tan puro al que por la noche le envían grandes mujeres estériles fuerzas eruptivas cortadas en agraz pero fuego sin objetivo por puro deseo de arder trazando filigranas de placer en nuestras orbitas y la felicidad de las fuentes en nuestros sueños de sed por a noche y que decir desde el arrecife de las albas de esa multitud yendo de un lado a otro bajo las velas de la ociosidad

sábado, 26 de marzo de 2011

Horacio Quiroga (*): La gallina degollada



Todo el día, sentados en el patio, en un banco estaban los cuatro hijos idiotas del matrimonio Mazzini-Ferraz. Tenían la lengua entre los labios, los ojos estúpidos, y volvían la cabeza con la boca abierta.

El patio era de tierra, cerrado al oeste por un cerco de ladrillos. El banco quedaba paralelo a él, a cinco metros, y allí se mantenían inmóviles, fijos los ojos en los ladrillos. Como el sol se ocultaba tras el cerco, al declinar los idiotas tenían fiesta. La luz enceguecedora llamaba su atención al principio, poco a poco sus ojos se animaban; se reían al fin estrepitosamente, congestionados por la misma hilaridad ansiosa, mirando el sol con alegría bestial, como si fuera comida.

Otra veces, alineados en el banco, zumbaban horas enteras, imitando al tranvía eléctrico. Los ruidos fuertes sacudían asimismo su inercia, y corrían entonces, mordiéndose la lengua y mugiendo, alrededor del patio. Pero casi siempre estaban apagados en un sombrío letargo de idiotismo, y pasaban todo el día sentados en su banco, con las piernas colgantes y quietas, empapando de glutinosa saliva el pantalón.

El mayor tenía doce años y el menor, ocho. En todo su aspecto sucio y desvalido se notaba la falta absoluta de un poco de cuidado maternal.

Esos cuatro idiotas, sin embargo, habían sido un día el encanto de sus padres. A los tres meses de casados, Mazzini y Berta orientaron su estrecho amor de marido y mujer, y mujer y marido, hacia un porvenir mucho más vital: un hijo. ¿Qué mayor dicha para dos enamorados que esa honrada consagración de su cariño, libertado ya del vil egoísmo de un mutuo amor sin fin ninguno y, lo que es peor para el amor mismo, sin esperanzas posibles de renovación?

Así lo sintieron Mazzini y Berta, y cuando el hijo llegó, a los catorce meses de matrimonio, creyeron cumplida su felicidad. La criatura creció bella y radiante, hasta que tuvo año y medio. Pero en el vigésimo mes sacudiéronlo una noche convulsiones terribles, y a la mañana siguiente no conocía más a sus padres. El médico lo examinó con esa atención profesional que está visiblemente buscando las causas del mal en las enfermedades de los padres.

Después de algunos días los miembros paralizados recobraron el movimiento; pero la inteligencia, el alma, aun el instinto, se habían ido del todo; había quedado profundamente idiota, baboso, colgante, muerto para siempre sobre las rodillas de su madre.

-¡Hijo, mi hijo querido! -sollozaba ésta, sobre aquella espantosa ruina de su primogénito.

El padre, desolado, acompañó al médico afuera.

-A usted se le puede decir: creo que es un caso perdido. Podrá mejorar, educarse en todo lo que le permita su idiotismo, pero no más allá.

-¡Sí!... ¡Sí! -asentía Mazzini-. Pero dígame: ¿Usted cree que es herencia, que...?

-En cuanto a la herencia paterna, ya le dije lo que creía cuando vi a su hijo. Respecto a la madre, hay allí un pulmón que no sopla bien. No veo nada más, pero hay un soplo un poco rudo. Hágala examinar detenidamente.

Con el alma destrozada de remordimiento, Mazzini redobló el amor a su hijo, el pequeño idiota que pagaba los excesos del abuelo. Tuvo asimismo que consolar, sostener sin tregua a Berta, herida en lo más profundo por aquel fracaso de su joven maternidad.

Como es natural, el matrimonio puso todo su amor en la esperanza de otro hijo. Nació éste, y su salud y limpidez de risa reencendieron el porvenir extinguido. Pero a los dieciocho meses las convulsiones del primogénito se repetían, y al día siguiente el segundo hijo amanecía idiota.

Esta vez los padres cayeron en honda desesperación. ¡Luego su sangre, su amor estaban malditos! ¡Su amor, sobre todo! Veintiocho años él, veintidós ella, y toda su apasionada ternura no alcanzaba a crear un átomo de vida normal. Ya no pedían más belleza e inteligencia como en el primogénito; ¡pero un hijo, un hijo como todos!

Del nuevo desastre brotaron nuevas llamaradas del dolorido amor, un loco anhelo de redimir de una vez para siempre la santidad de su ternura. Sobrevinieron mellizos, y punto por punto repitióse el proceso de los dos mayores.

Mas por encima de su inmensa amargura quedaba a Mazzini y Berta gran compasión por sus cuatro hijos. Hubo que arrancar del limbo de la más honda animalidad, no ya sus almas, sino el instinto mismo, abolido. No sabían deglutir, cambiar de sitio, ni aun sentarse. Aprendieron al fin a caminar, pero chocaban contra todo, por no darse cuenta de los obstáculos. Cuando los lavaban mugían hasta inyectarse de sangre el rostro. Animábanse sólo al comer, o cuando veían colores brillantes u oían truenos. Se reían entonces, echando afuera lengua y ríos de baba, radiantes de frenesí bestial. Tenían, en cambio, cierta facultad imitativa; pero no se pudo obtener nada más.

Con los mellizos pareció haber concluido la aterradora descendencia. Pero pasados tres años desearon de nuevo ardientemente otro hijo, confiando en que el largo tiempo transcurrido hubiera aplacado a la fatalidad.

No satisfacían sus esperanzas. Y en ese ardiente anhelo que se exasperaba en razón de su infructuosidad, se agriaron. Hasta ese momento cada cual había tomado sobre sí la parte que le correspondía en la miseria de sus hijos; pero la desesperanza de redención ante las cuatro bestias que habían nacido de ellos echó afuera esa imperiosa necesidad de culpar a los otros, que es patrimonio específico de los corazones inferiores.

Iniciáronse con el cambio de pronombre: tus hijos. Y como a más del insulto había la insidia, la atmósfera se cargaba.

-Me parece -díjole una noche Mazzini, que acababa de entrar y se lavaba las manos- que podrías tener más limpios a los muchachos.

Berta continuó leyendo como si no hubiera oído.

-Es la primera vez -repuso al rato- que te veo inquietarte por el estado de tus hijos.

Mazzini volvió un poco la cara a ella con una sonrisa forzada:

-De nuestros hijos, ¿me parece?

-Bueno, de nuestros hijos. ¿Te gusta así? -alzó ella los ojos.

Esta vez Mazzini se expresó claramente:

-¿Creo que no vas a decir que yo tenga la culpa, no?

-¡Ah, no! -se sonrió Berta, muy pálida- ¡pero yo tampoco, supongo!... ¡No faltaba más!... -murmuró.

-¿Qué no faltaba más?

-¡Que si alguien tiene la culpa, no soy yo, entiéndelo bien! Eso es lo que te quería decir.

Su marido la miró un momento, con brutal deseo de insultarla.

-¡Dejemos! -articuló, secándose por fin las manos.

-Como quieras; pero si quieres decir...

-¡Berta!

-¡Como quieras!

Éste fue el primer choque y le sucedieron otros. Pero en las inevitables reconciliaciones, sus almas se unían con doble arrebato y locura por otro hijo.

Nació así una niña. Vivieron dos años con la angustia a flor de alma, esperando siempre otro desastre. Nada acaeció, sin embargo, y los padres pusieron en ella toda su complaciencia, que la pequeña llevaba a los más extremos límites del mimo y la mala crianza.

Si aún en los últimos tiempos Berta cuidaba siempre de sus hijos, al nacer Bertita olvidóse casi del todo de los otros. Su solo recuerdo la horrorizaba, como algo atroz que la hubieran obligado a cometer. A Mazzini, bien que en menor grado, pasábale lo mismo. No por eso la paz había llegado a sus almas. La menor indisposición de su hija echaba ahora afuera, con el terror de perderla, los rencores de su descendencia podrida. Habían acumulado hiel sobrado tiempo para que el vaso no quedara distendido, y al menor contacto el veneno se vertía afuera. Desde el primer disgusto emponzoñado habíanse perdido el respeto; y si hay algo a que el hombre se siente arrastrado con cruel fruición es, cuando ya se comenzó, a humillar del todo a una persona. Antes se contenían por la mutua falta de éxito; ahora que éste había llegado, cada cual, atribuyéndolo a sí mismo, sentía mayor la infamia de los cuatro engendros que el otro habíale forzado a crear.

Con estos sentimientos, no hubo ya para los cuatro hijos mayores afecto posible. La sirvienta los vestía, les daba de comer, los acostaba, con visible brutalidad. No los lavaban casi nunca. Pasaban todo el día sentados frente al cerco, abandonados de toda remota caricia. De este modo Bertita cumplió cuatro años, y esa noche, resultado de las golosinas que era a los padres absolutamente imposible negarle, la criatura tuvo algún escalofrío y fiebre. Y el temor a verla morir o quedar idiota, tornó a reabrir la eterna llaga.

Hacía tres horas que no hablaban, y el motivo fue, como casi siempre, los fuertes pasos de Mazzini.

-¡Mi Dios! ¿No puedes caminar más despacio? ¿Cuántas veces...?

-Bueno, es que me olvido; ¡se acabó! No lo hago a propósito.

Ella se sonrió, desdeñosa: 

-¡No, no te creo tanto!

-Ni yo jamás te hubiera creído tanto a ti... ¡tisiquilla!

-¡Qué! ¿Qué dijiste?...

-¡Nada!

-¡Sí, te oí algo! Mira: ¡no sé lo que dijiste; pero te juro que prefiero cualquier cosa a tener un padre como el que has tenido tú!

Mazzini se puso pálido.

-¡Al fin! -murmuró con los dientes apretados-. ¡Al fin, víbora, has dicho lo que querías!

-¡Sí, víbora, sí! Pero yo he tenido padres sanos, ¿oyes?, ¡sanos! ¡Mi padre no ha muerto de delirio! ¡Yo hubiera tenido hijos como los de todo el mundo! ¡Esos son hijos tuyos, los cuatro tuyos!

Mazzini explotó a su vez.

-¡Víbora tísica! ¡eso es lo que te dije, lo que te quiero decir! ¡Pregúntale, pregúntale al médico quién tiene la mayor culpa de la meningitis de tus hijos: mi padre o tu pulmón picado, víbora!

Continuaron cada vez con mayor violencia, hasta que un gemido de Bertita selló instantáneamente sus bocas. A la una de la mañana la ligera indigestión había desaparecido, y como pasa fatalmente con todos los matrimonios jóvenes que se han amado intensamente una vez siquiera, la reconciliación llegó, tanto más efusiva cuanto infames fueran los agravios.

Amaneció un espléndido día, y mientras Berta se levantaba escupió sangre. Las emociones y mala noche pasada tenían, sin duda, gran culpa. Mazzini la retuvo abrazada largo rato, y ella lloró desesperadamente, pero sin que ninguno se atreviera a decir una palabra.

A las diez decidieron salir, después de almorzar. Como apenas tenían tiempo, ordenaron a la sirvienta que matara una gallina.

El día radiante había arrancado a los idiotas de su banco. De modo que mientras la sirvienta degollaba en la cocina al animal, desangrándolo con parsimonia (Berta había aprendido de su madre este buen modo de conservar la frescura de la carne), creyó sentir algo como respiración tras ella. Volvióse, y vio a los cuatro idiotas, con los hombros pegados uno a otro, mirando estupefactos la operación... Rojo... rojo...

-¡Señora! Los niños están aquí, en la cocina.

Berta llegó; no quería que jamás pisaran allí. ¡Y ni aun en esas horas de pleno perdón, olvido y felicidad reconquistada, podía evitarse esa horrible visión! Porque, naturalmente, cuando más intensos eran los raptos de amor a su marido e hija, más irritado era su humor con los monstruos.

-¡Que salgan, María! ¡Échelos! ¡Échelos, le digo!

Las cuatro pobres bestias, sacudidas, brutalmente empujadas, fueron a dar a su banco.

Después de almorzar salieron todos. La sirvienta fue a Buenos Aires y el matrimonio a pasear por las quintas. Al bajar el sol volvieron; pero Berta quiso saludar un momento a sus vecinas de enfrente. Su hija escapóse enseguida a casa.

Entretanto los idiotas no se habían movido en todo el día de su banco. El sol había traspuesto ya el cerco, comenzaba a hundirse, y ellos continuaban mirando los ladrillos, más inertes que nunca.

De pronto algo se interpuso entre su mirada y el cerco. Su hermana, cansada de cinco horas paternales, quería observar por su cuenta. Detenida al pie del cerco, miraba pensativa la cresta. Quería trepar, eso no ofrecía duda. Al fin decidióse por una silla desfondada, pero aun no alcanzaba. Recurrió entonces a un cajón de kerosene, y su instinto topográfico hízole colocar vertical el mueble, con lo cual triunfó.

Los cuatro idiotas, la mirada indiferente, vieron cómo su hermana lograba pacientemente dominar el equilibrio, y cómo en puntas de pie apoyaba la garganta sobre la cresta del cerco, entre sus manos tirantes. Viéronla mirar a todos lados, y buscar apoyo con el pie para alzarse más.

Pero la mirada de los idiotas se había animado; una misma luz insistente estaba fija en sus pupilas. No apartaban los ojos de su hermana mientras creciente sensación de gula bestial iba cambiando cada línea de sus rostros. Lentamente avanzaron hacia el cerco. La pequeña, que habiendo logrado calzar el pie iba ya a montar a horcajadas y a caerse del otro lado, seguramente sintióse cogida de la pierna. Debajo de ella, los ocho ojos clavados en los suyos le dieron miedo.

-¡Soltáme! ¡Déjame! -gritó sacudiendo la pierna. Pero fue atraída.

-¡Mamá! ¡Ay, mamá! ¡Mamá, papá! -lloró imperiosamente. Trató aún de sujetarse del borde, pero sintióse arrancada y cayó.

-Mamá, ¡ay! Ma. . . -No pudo gritar más. Uno de ellos le apretó el cuello, apartando los bucles como si fueran plumas, y los otros la arrastraron de una sola pierna hasta la cocina, donde esa mañana se había desangrado a la gallina, bien sujeta, arrancándole la vida segundo por segundo.

Mazzini, en la casa de enfrente, creyó oír la voz de su hija.

-Me parece que te llama -le dijo a Berta.

Prestaron oído, inquietos, pero no oyeron más. Con todo, un momento después se despidieron, y mientras Berta iba dejar su sombrero, Mazzini avanzó en el patio.

-¡Bertita!

Nadie respondió.

-¡Bertita! -alzó más la voz, ya alterada.

Y el silencio fue tan fúnebre para su corazón siempre aterrado, que la espalda se le heló de horrible presentimiento.

-¡Mi hija, mi hija! -corrió ya desesperado hacia el fondo. Pero al pasar frente a la cocina vio en el piso un mar de sangre. Empujó violentamente la puerta entornada, y lanzó un grito de horror.

Berta, que ya se había lanzado corriendo a su vez al oír el angustioso llamado del padre, oyó el grito y respondió con otro. Pero al precipitarse en la cocina, Mazzini, lívido como la muerte, se interpuso, conteniéndola:

-¡No entres! ¡No entres!

Berta alcanzó a ver el piso inundado de sangre. Sólo pudo echar sus brazos sobre la cabeza y hundirse a lo largo de él con un ronco suspiro.

__________
(*) Horacio Quiroga: (Salto, Uruguay, 1878 - Buenos Aires, Argentina, 1937). Narrador uruguayo radicado en Argentina, considerado uno de los mayores cuentistas latinoamericanos de todos los tiempos. Su obra se sitúa entre la declinación del modernismo y la emergencia de las vanguardias

(1) Tomado de:
http://cultural.argenpress.info/2011/03/la-gallina-degollada.html

martes, 1 de septiembre de 2009

José Mª Amigo Zamorano: El Extraño y Verde Amor de Tareo


Fue un acto espontáneo. Libre. Puro. Pero nadie le hizo caso. ¡Pobre Tareo! Siempre pensando en ellas.
Él sabe que estuvo contemplándolas largo rato durante parte de su vida. Encontraba similitudes o parecidos asombrosos.
-¡Qué bonitas! Pero... ¡qué bonitas!
Tareo desde ese lugar recoleto del parque las veía moverse suavemente. Cerró los ojos.
No sabe el rato que estuvo así, lo que si se acuerda es que oyó algo, y abrió los ojos cuando ya el guarda miraba en derredor y como no viera a nadie cerró la puerta de entrada del parque.
Corrió a llamarle pero ya se perdía por entre las calles aledañas.
Se encogió de hombros. Total, no tenía nada que hacer. Y por lo tanto, prisa tampoco. No había previsto acto alguno. Si acaso comer... De eso podía pasar, porque no tenía hambre. Y si le entrara gazuza, que quizás le entrase, en poco más de dos o tres horas abrirían de nuevo el parque. Luego comería en la residencia.
Se dio la vuelta y comenzó a andar por el primer sendero que se encontró. Silencio. Solo el piar de los pájaros y sus pasos lo interrumpía. Y calor. Mucho calor.
Casi sin proponérselo se halló, al poco rato, en su lugar preferido. Un lugar recoleto, rodeado de árboles. Debajo de unos plátanos había un banco. Y justo, enfrente, un estanque. Se sentó. Allí se sentaba siempre. Alargó ambos brazos acariciando con las manos las barras de madera del respaldo del banco. Cerró sus ojos dejándose llevar por el silencio que el canto de los pájaros adornaba. Al arrullo de sus trinos le vinieron ellas a su recuerdo. Un recuerdo placentero, casi lujurioso.
-¡Qué calor hace! Hoy, al sol, se achicharran hasta las cigarras.
De repente dijo en voz alta:
-¿Y si me desnudara?
Y a continuación se preguntó:
-Y... ¿por qué no?
Y dicho y hecho: se quedó como su madre lo pariera, en bolas.
-¡Qué gusto!
Se rió acordándose de lo que cuenta Azaña en sus memorias sobre uno de sus generales, Pedro de la Cerda; al parecer se paseaba por los pinares de Las Navas del Marqués, donde tenía una finca, desnudo. Delante de él iba un soldado diciéndoles a los veraneantes:
-Apártense, que viene el general en cueros.
-¡Qué jodío don Pedro de la Cerda y López Mollinedo! ¡Qué jodío!
Se levantó del banco y comenzó a marcar el paso al ritmo militar:
-Uno, dos, tres, cuatro. Uno, dos, tres, cuatro. ¡Alto! ¡Ya!
Y cuadrándose, se llevó la mano a la frente en actitud de saludo. Miró en derredor como saludando con la vista a unos presuntos espectadores.
-¡Rompan filas, ya!
Con el roce el miembro se le levantó y roto el encuadre de firme se miró hacia abajo prorrumpiendo en sonaras carcajadas.
-¡A sus órdenes, mi comandante fálico!
Y riéndose volvió a sentarse. Cerró los ojos otra vez. Pero aun así seguía contemplándolas. En unos lugares formaban espesas masas. Como esas fotos en las que aparecen miles y que un fotógrafo se ha especializado precisamente en ellas. En otras se portaban como individuos desgajados del entorno, difíciles de disciplinar, anárquicas.
Para él todas eran queridas. Deseables. Con lúbrica ambucia las tenía en su mente.
Además había observado que una de sus partes, aunque en puridad, no tenía movimiento, a veces se movía.
-A ver -se decía- no es un movimiento mecánico.
El sabía que la materia... lo sustancial de la materia... es movimiento, transformación, cambio.
-Veamos la cosa -dijo en alta voz.
Y quería decir que ese movimiento a veces era visible a simple vista. Otras no. Cuando era percibido por el sentido de la vista era muy variable, dependiendo, claro está, de la clase de cada una.
Lo comparaba con las masas de gente, ya puesto que hay masas y masas: no se mueven de la misma manera las que van al fútbol que las que se dirigen a ver una película; o no se comportan lo mismo las que acuden a un concierto de música que aquellas cuyo objetivo es una exposición de pintura...
Y dentro de esas masas los individuos forman submasas: las ariscas, mansas, anodinas...
Abrió los ojos. Pene enhiesto. Deshinibido. Libre. Puro. Natural. Se estiró. Acarició su falo tieso.
-Saluda a Venus que te mira, lúbrica, desde arriba, desde el cielo.
Y volvió a reirse a mandíbula batiente. Como un orate.
Cuando se fue tranquilizando volvió a pensar en ellas obsesivo, insistente, sacándole esas similitudes o pareceres, que ya se ha mentado, en cada una de ellas.
No sólo halló un cierto parecido, pues todas terminaban, una parte de ellas al menos, en punta; eso sí, unas redondeadas, otras más puntiagudas; las había de forma circular; en cuanto a su forma de moverse unas producían irisaciones; en cambio ese mismo movimiento en unas era lánguido, desmayado y en otras vivo, alegre, retozón...
Con todas ellas quería bailar él; las apretaría contra si...
Volvió a estirarse. Esta vez su miembro estaba duro como una piedra.
-¡Miralas! Ahí las tienes. Te miran ansiosas. Son tuyas. Todas. Obsérvalas.
Se levantó y en un arranque de decisión desgajó una rama y se pudo a bailar con ella. Daba vueltas y vueltas como un loco. Apretaba la rama contra él. Las hojas acariciaban su pene. Así estuvo un buen rato como si no estuviera en su ser. Luego, con sumo cuidado, casi con delicadeza, llevó la rama hasta el banco, la depositó con suavidad y le dio un beso a una de sus hojas. Extendió los brazos y giró en redondo.
-Yo soy la naturaleza y la naturaleza me quiere. Y yo las quiera a todas ellas.
Un niño, que había oído voces, se asomó a ese rincón del parque y le dijo a madre:
-Mira, mamá, ese hombre lo tiene como papá.
Fue un acto espontáneo. Puro. Libre. Pero nadie le hizo caso. No lo creyeron cuando lo explicaba. Por eso lo devolvieron al manicomio.
Y cuando se descuidan los loqueros se pasea, como su madre lo parió al mundo, por los alrededores del establecimiento.
¡Pobre Tareo! Siempre agarrado a ellas.


miércoles, 17 de septiembre de 2008

José Mª Amigo Zamorano: 'Un intruso en la terraza'

No encontró la abertura por donde había penetrado en aquel recinto. Ellos, que se encontraban allí jugando, lo miraron extrañados, con cierto miedo, en primer lugar por su color. Era mas bien negro. Tirando a moreno. Lo que lo hacía más visible y más vulnerable. No podía mimetizarse en esa terraza encristalada. Las miradas seguían prendidas en él. O se ponían a jugar dando la impresión de haberlo olvidado. Pero se iban alejando.


Mientras tanto el forastero insistía e insistía en buscar la salida de la encerrona en la que había caído. Sin querer. Por casualidad. Si habláramos con precisión, ‘por casualidad’, no serían las palabras exactas, porque sus movimientos tenían siempre una meta cierta: el conseguir alimento. Por supuesto, esa finalidad, en modo alguno, queremos ponerlo como una rareza, como singularidad, al contrario, es meta esencial para seguir viviendo a cualquier ser natural que se precie de terrícola.

Sin embargo en los individuos que tienen garantizado el sustento diario, tal necesidad no aparece como primordial, llegando a observar esa búsqueda de alimentos, en los otros, como algo primario; una muestra de animalidad que ellos hubieran superado. Pero eso es solo un barniz que desaparece con un ayuno forzado; por ejemplo: con huelga general cuando los comercios se desabastecen. Entonces, se vuelven como locos, ¿durará mucho?... ¿dónde encontrar comida?... ¿será el fin del mundo?... ¿se han vuelto locos?... Y llaman a la policía, al ejército, a los obispos, a los rabinos, a los imanes… y acusan a los obreros huelguistas de ser los culpables de esa intromisión de la necesidad, -como se había entrometido ese negro en la terraza, en su terraza-, consiguiendo anular su alma, someterla bajo el imperio de tales coyunturas nefandas.

De modo que quizás ellos, que lo miraban, y nosotros que asistíamos impertérritos a la escena, como espectadores, fuéramos de parecida o similar condición.

Era a nosotros a quien más nos molestaba esa irrupción de la naturaleza, sin veladuras, en nuestras vidas colmadas de espíritu. Encontrarnos, así, de golpe, con la representación manifiesta de que somos naturaleza, lo queramos o no, lo pensemos o no; que, por lo tanto, no estábamos por encima ni por debajo de ella.

Si él había entrado, era por necesidad. Lo mismo que los trabajadores que paran su trabajo. Lo hacen movidos por la necesidad. Reivindican mejores salarios con que combatir el aumento de los precios de los alimentos. Es decir: necesitan abastecer su estómago. Y si, después de largos días, no pueden resistir, buscan una salida imperiosa al conflicto, por pura necesidad de lo mismo.

Necesidad de salida como tenía él. El negro. Mas bien moreno amarronado. O café con leche. Una necesidad acuciante, urgente, lo empujaba a irse de allí, a causa, entre otras razones, pensamos, porque en la terraza, precisamente en ella, no halla lo que busca: el alimento. Y se encuentra con una necesidad añadida: la de encontrar el hueco por donde entró. Y no lo encuentra por más que mira y remira; aun transladándose de un lugar a otro, cada vez más nervioso; explorando tanto los arribas como los abajos; para encontrarse siempre con una libertad aparente, al estar rodeado de cristal que impide su paso; corta su ansia de liberarse, de salir al aire, aire libre de verdad. En su desesperación ya no distingue la realidad y la ficción; para ser más precisos, y lo éramos, queremos decir que no distingue entre libertad y su apariencia. Es así que se da, insistentemente, de bruces, con ese remedo de libertad: el cristal transparente. Y con el cansancio ya no se topa con el vidrio sino solo con un poco espacio de cristal, para terminar por golpear tan solo un punto del cristal. Al que parece querer horadarlo. A veces se para un momento para descansar. Pues por muy acostumbrado que esté a moverse de un sitio para otro, la resistencia tiene un límite. No es eterna. Las fuerzas van llegando a su término. Va mellándose su vigor. Los movimientos son más lentos. Y se vuelve a detener una vez más.

Indiferentes a la lucha por la vida de él, ya que, ellos, la tienen asegurada y bien asegurada, lo están contemplando ahora con más inquietud. Casi con miedo... Casi no, con miedo. Se asustan. Se esconden. Se parapetan. Se agazapan. El diferente les desasosiega, les conmueve, casi todos los singulares les producen cierto miedo: el leproso, el genio, el loco, el cojo, el mendigo, el emigrante, el jorobado, el revolucionario…

Desde su escondrijo lo observan, hasta se asoman un momento, para volver de inmediato a esconderse.

Él, ahora, se levanta con renovadas fuerzas. Pero... solo unos instantes. Unos aleteos finales y cae al suelo el colibrí. A pocos centímetros de la ranura de la ventana por donde había entrado. A un suspiro de la libertad.

Los dos gatos salen de su escondite. Se abalanzan sobre él, que aun alienta. Juegan con el colibrí. Le hincan las uñas. Lo despedazan. Se lo tragan.

martes, 9 de septiembre de 2008

José Mª Amigo Zamorano: Tras una cena abundante

Tras una cena con sopa de pescado, chuletón asado, ensalada, mamiya, que en castellano se dice cuajada, y café, copa y puro, que en Euskadi se dice café completo, Joaquín y Pepe durmieron como obispos o como cerdos o como reyes.

A los mamíferos zampabollos les da igual la palabra. Porque por la mañana, nada más despertarse, todos, sin haber puesto el pie en el suelo, si duermen en la cama y si no es igual, se desperezan, estiran brazos o patas y se acarician la barriga con amoroso agradecimiento.


El día se abre sonriente a los seres que han sabido extraer el jugo de los buenos y abundantes alimentos.

Lo que menos esperaban ver Pepe y Joaquín, que el orden le es indiferente al caso que vamos a narrar brevemente, es la tristeza a la entrada de la aurora. Pero el dolor, fuera de una barriga bien alimentada, existe acompañada de angustia y llanto.

A veces ese sufrimiento es heredado y las lágrimas se presentan empujadas por el más leve acicate.

Aquella mañana, después del abundante ágape regado generosamente con vinos y licores, cuando ambos amigos y compañeros de trabajo entraron en la cocina para tomarse el desayuno encontraron a la dueña del piso, donde estaban a pensión, llorando. Un llanto amargo. Y los azulejos de la cocina parecían reflejar esa amargura.

-¿Qué le pasa señora Hortensia? ¿No habrá sido otra vez su hijo?

El hijo la traía a veces a mal traer y habían tenido que salir en su defensa; y es que era muy buena con ellos y los trataba como si fueran sus hijos.

-Nada, hijos, cosas mías. La culpa en este caso no la ha tenido mi hijo. La culpa la tienen este trozo de pan y este cacho de queso.

Se quedaron sorprendidos por tan extraña respuesta.

La señora Hortensia era una mujer pequeña, menuda, cara redondo con profundas arrugas, unos ojos negros hermosos como negros eran los vestidos con se cubría. Había emigrado desde Extremadura al País Vasco ya hacía quince años con su único hijo producto de su unión o casamiento con un mozo extremeño:

-El más guapo de La Serena, decía ella.

-Fue el único 'alfabeto' del pueblo del que no recuerdo el nombre, contaba otro emigrante extremeño.

Y añadía:

-Yo me alegro de no ser 'alfabeto' porque a todos ellos los mataron los franquistas.

Efectivamente, el marido de la señora Hortensia fue uno de los pocos jornaleros de su pueblo que sabía leer y escribir.

Cuando se sublevaron los militares facciosos en 1936 encabezó el comité que se formó para defender la República. Y, más tardé, se alistó en el ejército del Gobierno de la República con tan mala suerte que en el primer frente de guerra murió.

Esto les estaba contando, una vez más, a Joaquín y a Pepe.

Lo hacía con tanta viveza, los ojos humedecidos por el llanto, que ellos estaban prendidos de sus palabras. Se maravillaban de su elocuencia porque sabían que ella, como la mayoría de las de su pueblo -les había dicho en numerosas ocasiones- era analfabeta. Lo mismo que se asombraban cuando les recitaba romances de una extensión considerable.

-Mi pueblo fue muy disputado.

La señora Hortensia les narraba los avatares que tuvo que sufrir con su familia. Iban paralelos al curso de la guerra: si el pueblo lo tomaban los enemigos de la República le quitaban todo, hasta la echaban de casa teniendo que vivir de la ayuda de los vecinos; si el pueblo volvía a estar en poder de la legalidad republicana la volvían a colocar en su casa con todas sus pertenencias; e incluso la homenajeaban desde el balcón del Ayuntamiento como la mujer de un héroe muerto en combate.

-Con el triunfo de los militares 'fachistas' me quedé sin nada. Viví muy malamente en una choza junto a mi padre. Él se fue haciendo viejo, es ley de vida, y ya los terratenientes no le daban trabajo. Pasaba hambre. Pasábamos hambre...

Su voz se le quebró en un solllozo.

-Mi padre murió pidiendo pan. Murió de hambre. Parece que lo estoy viendo...

Miró a la mesa y tocó el trozo de pan y el cacho de queso...

-Comprendan ustedes, hijos. He visto esta mañana que habían dejado estos trozos que les había dejado para cenar... Y he pensado en mi padre. No lo he podido remediar.

Se marcharon cabizbajos al trabajo. Comprendieron su dolor. Entendieron su mundo... que no era el de ellos... ¿O si?...

Como se ve, después de una cena con sopa de pescado, chuletón a la brasa, ensalada, mamiya, que es como se dice en euskera cuajada, y café completo que en realidad es café, copa y puro... puede ocurrir cualquier cosa.



miércoles, 4 de junio de 2008

Iswe Letu: 'Como ciegos con pistolas'

Ya lo dice el refrán: 'A río revuelto... '


Cuando suenan tiros (recordáis en Aravaca que asesinaron a aquella trabajadora emigrante sin mas ni mas, ¿no? O el joven antifascista hace poco ¿no?) un estremecimiento irracional recorre las conciencias de todos nosotros como un hilo de miedo. Salimos disparados, atropelladamente, voceando a grito pelado; o haciendo la ciaboga en silencio.

Si huímos, cargamos la culpa encima cegados y aturdidos por un sinúmero de declaraciones: 'hay racismo', nos dicen y agachamos la cabeza; 'son brotes de xenofobia', aseguran y asentimos; 'es la crisis económica', 'la desorientación ante el vacío espiritual', 'la quiebra de los valores tradicionales'... Aceptamos sumisos repitiendo como un eco: 'omica', 'iritual', 'onales'...

Además, como la sociedad somos nosotros, padecemos la crisis, estamos desorientados y, al parecer, somos racistas, los asesinos, esos grupos ultras que aparecen de la noche a la mañana (más por la noche que por la mañana) son casi nuestra punta de lanza, la vanguardia vengadora de esas crisis, quiebras, desorientaciones...

En resumen: los carniceros, esos asesinos, son los valientes paladines que han transformado en hechos sangrientos lo que los demás, al parecer, deseábamos pero no teníamos lo que había que tener.

Más tarde, y ya pasado el miedo, la cagalera producida por los tiros, el cerebro se pone a funcionar friamente. Vemos la burda maniobra: el cendal que intenta tapar nuestros ojos. Es viejo como la mentira, antiguo como el mundo: se llama tergiversación, manipulación, mentira.

Es, también, la huida cuando las dificultades arrecian, las soluciones no llegan y las salidas se cierran. Panorama ante el que siempre se han montado tinglados más o menos sangrientos, quizás por aquello del poeta 'un cadáver más que importa al mundo'. O varios miles. Ejemplo más lejano: los nazis queman el Reistag para achacárselo a los comunistas. Ejemplo más cercano: Irak.

Los trabajadores, así, nos enzarzamos o enredamos en las mallas del odio al vecino: gitano, negro, comunista, rubio, emigrante, castellano, vasco o chihuahua.

Desviamos, luego, la atención del centro del problema (que es lo que quieren), del centro de la diana: bajos salarios, corrupción, precariedad, paro, explotación, camellos, chorizos... Apuntamos en otra dirección y somos, al decir del escritor Chester Himes, como 'ciegos con una pistola': los personajes negros del barrio neoyorquino de Harlem de Himes se debaten entre el misticismo, el retorno a Africa y las luchas contra los blancos; es decir: son ciegos que de ese modo, jamás, verán el sol metidos, como están, además, entre la basura, los escombros, los piojos y las ratas.

De modo que alerta nosotros, por lo menos nosotros, no nos dejemos desviar la atención de lo importante. Tenemos en España materia prima suficiente entre el centro y la periferia, si nos dejamos llevar por los de la España Una-Grande-y-Libre pepera, para convertir nuestra patria en un polvorín semejante a la ex-Yugoeslavia. A poco que nos descuidemos, dejándonos manipular, alejándonos de lo que más nos importa, podemos convertirnos en ciegos con pistolas. Lo mas tonto que ha parido madre.

viernes, 23 de febrero de 2007

RAMÓN MAYRATA: 'Comer Sol'


COMER SOL

Por Ramón Mayrata(*)


Yo me había tomado un respiro y estaba sentada en la cocina, meneando los pies hincados en el aire, un poco avergonzada porque a causa del sudor, entre los dedos asomaban borritas negras. Precisamente aquel día de tanto ajetreo había estrenado unos botines con alza. Tuve que volver a ponerme a toda prisa las medias y los botines casi no me cabían. Pero eché a andar como pude porque me fastidiaba que los demás camareros le miraran con cara de guasa sin que el pobre, tan lunático, siquiera se diera cuenta. Con las prisas se me desgarró una media y me quedé parada delante de la cortina de cuentas que separaba en comedor de la cocina, sin atreverme a salir. El restaurante estaba lleno de cazadores, manchados de barro hasta las orejas, que ya iban por las copas. Él estaba vestido de blanco de pies a cabeza y el traje y la camisa se extendían como una mano de crema sobre la piel traslúcida que parecía de fantasma o de un recién llegado a la vida.

Cuando llegué cojeando hasta la mesa y le entregué la carta me hizo un gesto para que instalara otro servicio. Un gesto que yo ya esperaba porque su rareza consistía justamente en eso, en que siempre venía solo pedía dos cubiertos y decía enrojeciendo que estaba esperando a otra persona. Aunque luego se olvidaba de lo que había dicho y se comportaba como si la otra persona realmente estuviera allí. ¿Qué va a ser? Yo esperaba mordiendo el lapicero y miraba al suelo, sin poder olvidar ni un segundo aquellos botines que me apretaban como tenazas. Alrededor las conversaciones arreciaban y el alboroto era insoportable. Entonces hizo otro gesto muy suyo. Cerró los ojos y se enterró en si mismo. Y sin embargo, no me parecía a mí que se aislara del todo, que estuviera totalmente ajeno a lo que le rodeaba. El salón del restaurante daba la impresión de aumentar de tamaño y él se volvía aún más insignificante pero continuaba allí, concentrado en medio del follón, como si estuviera empeñado en perder un gesto una palabra de la persona que le acompañaba y que, naturalmente, no estaba. Yo sentía que tras sus ojos cerrados alguien le hablaba a través de otro conducto distinto del oído, alguien a quien veía en su interior a través de unos ojos diferentes a los ojos de la cara con más claridad que si hubiera visto a alguien con la mirada volcada hacia fuera. Y yo allí, plantada delante de la mesa, como si pisara cuchillos, esperando que aquella persona que solo existía dentro de él se decidiera a hacer su pedido. ¿Qué va a ser? Pero sus ojos parecían pegados con engrudo y los cazadores gritaban y el dueño me hacía señas porque quería cerrar la cocina y yo soñaba con salir corriendo descalza y entonces sentí que me cogían de la mano y una voz suave me decía ¿Tomamos un pescado?

Contesté sin pensarlo que yo prefería el pescado a la carne, pero enseguida me desdije y le aclaré, sintiendo una angustia inexplicable que aquel era un restaurante de cazadores y solo teníamos truchas a la Navarra. No sé como nuestras caras estaban tan cerca, porque él no me presionaba con la mano. Yo me había inclinado sin darme cuenta y él había abierto los ojos. Me miraba sin verme con una emoción crudamente azul. Da lo mismo, susurró, lo importante…
Le corté muy nerviosa:

-El dueño nos está mirando.


Perdone, no sé que me ha ocurrido. Sus ojos se sellaron de nuevo y el intenso azul de las pupilas se desparramó por las venitas que perforaban la piel, tan transparente, de los párpados. Yo le vía por dentro con sus ojos buscando a la otra a medida que mi delantal blanco un poco sucio se desprendía de su traje blanco, intacto, como si no hubiera pasado nada, mientras el dueño me gritaba: ¡Rosa es para hoy! Volvía a sentir que los pies me quemaban y me encorvé sobre el bloc decida a escribir en la comanda dos truchas a la Navarra y él hundía la nariz en el pequeño florero que, al igual que en todas las mesas, sostenía una rosa solitaria, sin abrir los ojos, solo una rosa respirada. ¡Vamos Rosa! Gritaba el dueño. Intentaba andar y casi no podía, y veía brillar las gotas de sudor en las frentes de los cazadores y me sobresaltaban sus risas que estallaban como petardos a mi paso y no me dejaban escuchar su voz que a mi espalda decía: Si tú quieres probaremos el pescado y alguna otra cosa que no logré entender. Así que yo pensé, mientras me agarraba para no caerme a la cortina de cuentas que separaba el comedor de las cocina, que la persona que le acompañaba aunque no tuviera figura, al igual que la rosa, era una persona a la que podía respirar, como a veces podemos percibir realmente algunos olores que solo aspiramos en los recuerdos.


El cocinero me dijo que qué hacía ahí parada, que quería acabar de una vez para echarse la siesta, al tiempo que sus manazas me arrebataban la comanda. ¡Ha pedido otra vez doble ración! ¡Qué chalao! Escuché crepitar de las truchas en la sartén y a los perros de los cazadores que se disputaban las sobras del día en el patio, a la puerta de la cocina. Una de las chicas que fregaba comentó que aquel tipo acabaría en el manicomio. ¿Verdad Rosa? Y como yo la miré enfurruñada gritó que lo que me pasaba es que estaba celosa de la mujer que no existía y las demás, entre nubes de espuma, se rieron y golpearon las ollas. ¡Ahí tienes las truchas! Recogí los dos platos y regresé como si pisara carbones encendidos. El dueño cuchicheaba con un grupo de cazadores y supuse que hablaban de él. Dejé los dos platos sobre la mesa y se podía intuir que en su interior se desarrollaba una conversación y en la ausencia de interlocutor, se percibía la presencia del amor, desprovisto de apariencias, pero con todo su sabor a placer o a dolor intacto. Era estúpido, pero sentía celos. Ni siquiera se había fijado en mis botines. En el comedor todo el mundo estaba pendiente de él. Me retiré dos pasos y esperé como una tonta a que terminara las truchas. ¿Será capaz de comerse las dos raciones?, le preguntó alguien al dueño. Siempre lo hace, contestó. Aquel dolor extremo que martirizaba mis pies me obligó a cerrar los ojos. Entonces la vi a ella, a la mujer que vivía una existencia recóndita en su mente. Yo no lograba distinguir sus facciones pero veía como sobrevivía a la muerte preservada en los sueños de aquel hombre y sabía que me miraba con espanto, como si yo fuera una intrusa a punto de rematarla. Intentaba decirle que no podía hacerla ningún daño, porque ya estaba muerta, pero me da mucha pena decirle aquella barbaridad y, además, había empezado a comprender que la ceguera voluntaria de su amante era la ceguera del amor y que en sus párpados cerrados cicatrizaban unos ojos heridos por una gran desdicha.


¡Se lo ha comido todo, como si uno fueran dos!, bromeó un cazador, rascándose la cabeza. Él tomó la rosa del jarrón como si fuera ella quien se la ofreciera y la prendió en su ojal. Desde que había abierto los ojos yo sentía que la vida se me escapaba por la mirada. Retiré a toda prisa los platos vacíos. En la cocina ya no había nadie. Todo estaba muy quieto, iluminado por el brillo de las ollas que ondulaban los anaqueles. Me libré de los botines y me eché a llorar con los codos clavados, helándose, sobre la mesa de mármol, porque sentía que dentro de mí también se refugiaba otra vida sin cuerpo y aquello me oprimía por dentro y prefería el sufrimiento de los botines. Se agitó la cortina de cuentas. Entró el dueño y me dijo que había dejado una buena propina para mí. Miré aquel dinero como si pretendiera comprar un lugar en mis sueños y eché correr descalza, atravesando el patio, seguida por la jauría de perros, para sentir cómo mis pies se desgarraban en los campos.


(*) Ramón Mayrata es escritor


ESTE RELATO DE RAMÓN MAYRATA APARECE EN LAS PÁGINAS 42-43 DEL Nº 7 DE LA REVISTA ‘Caminar Conociendo’ DE JULIO 1998



Ramón Mayrata

Poeta, ensayista y novelista nacido en Madrid en 1952. Sus poemas iniciales aparecieron en la antología Espejo del amor y de la muerte, prologada por el Premio Nobel de Literatura Vicente Aleixandre (1971). Un año más tarde publica su primer libro de poemas: Estética de la serpiente (1972).
En los años de la fallida descolonizaciónformó parte de la Comisión hispano-saharaui de estudios históricos que defendió ante el Tribunal de La Haya la independencia del territorio. Las conclusiones de la Comisión fueron publicadas en El Sahara como unidad cultural autóctona (Consejo Superior de Investigaciones Científicas, Madrid, 1975).
Su estancia en el Sahara occidental significó el descubrimiento de una cultura singular que ha hecho posible la supervivencia en condiciones extremas. Estas hermosas y amargas experiencias fueron la materia de su primera novela: El imperio desierto (Mondadori, 1992) donde narró los últimos momentos de la malograda descolonización del Sahara Occidental y los comienzos de una larga guerra y de Relatos del Sahara (Clan, 2002). antología de textos sobre la colonización española del territorio.
Posteriormente vivió varios años en París, donde ejerció el periodismo y trabajó como traductor. Desde su regreso a España compagina la dedicación a la escritura con el trabajo en los medios de comunicación y la labor docente- Ha sido colalaborador de El Sol, El País y ABC, entre otros, y trabajado en radio (RNE) y como guionista en televisión (TVE).
Es autor de un libro de relatos, Si me escuchas esta noche (Mondadori, 1991) y , además, de El imperio desierto (Mondadori, 1992), de las novelas El sillón malva (Planeta, 1994), que es una vertiginosa panorámica de la España del fin del milenio, Alí Bey, el abasí (Planeta, 1995, 2ª Edición RBA, 2001), novela histórica basada en la vida del ilustrado español Domingo Badía, quien adoptando la personalidad de un musulmán atravesó Marruecos, Libia, Egipto, Palestina, Siria y Turquía y logró penetrar en La Meca cincuenta años antes que el coronel Burton y Miracielos (Muchnick, 2000), emocionante visión de la libertad y la desdicha, situada, en Cádiz, durante la segunda guerra mundial.
Desde su juventud siente fascinación por el mundo del ilusionismo. Durante algún tiempo dirige una editorial especializada en libros técnicos de magia. Fruto de su contacto con los ilusionistas serán Por arte de magia. Una historia del ilusionismo (1982) y La sangre del turco (1990), sobre el mundo de los autómatas y los avatares de la creación del hombre artificial * En 1993 estrena la obra teatral Vía láctea, inspirada en las comedias de magia del siglo de oro.
Así mismo prosigue la publicación de su obra poética: Sin puertas (Pre-textos, 1996), Confín de la Ciudad (1998), Nuevos poemas del confín (2002), Poemas del café Estigia (2004), Iluminar la noche (2005) y El Canto de Pierre Trouvée (2005).

viernes, 16 de febrero de 2007

'La Noche de los Sueños': relatos de Felipe Juaristi



VER VOLAR A LOS PÁJAROS


(relato de Felipe Juaristi para 'Caminar Conociendo)


Casi lo único que deseo hoy es echar una ojeada a los pájaros que vuelan en el exterior y yo los contemplo desde mi ventana cerrada. No puedo abrirla porque está atascada, estoy esperando un carpintero que quiera ayudarme, y que no esté lo suficientemente ocupado, ya se sabe que hoy en día es más difícil traer a casa a un carpintero que a un obispo. Será cosa de la crisis.

El teléfono no funciona, no me acuerdo si pagué la última factura; me dicen que lo haga por el banco, pero me pregunto cómo puede ser eso posible cuando no tengo nunca un duro. Así que los amigos no pueden llamarme ni saber que estoy en casa, aunque dónde iba a estar yo mejor que en mi propia casa.

También tengo el grifo estropeado. No hay manera de cerrarlo y se me está llenando la cocina de agua. Pronto vendrán los vecino de abajo a quejarse, ya estoy acostumbrado, la última vez hace un mes cuando dimos aquella fiesta y nos emborrachamos todos y cantamos canciones de Los Panchos, María se desnudó del todo y todos se alegraron porque era la primera vez que lo hacía.

Mi ex-mujer me escribe una carta diciendo que le debo dinero y que si no le pago me llevará a la cárcel. Mi hijo también me escribe desde Londres y no me da más que malas noticias. Dice que ha suspendido el primer curso y que tiene problemas sentimentales, que le ha dejado su novia y que está triste y desesperado.

Saldría corriendo de aquí si no fuera porque el coche no anda. Ayer se me rompió el motor cuando tomé ciento ochenta por hora en la autopista, aunque no sé que hacía yo allí, intentando ir a Bilbao, como si se me hubiera perdido alguna cosa.

Me gustaría estar tranquilo, pero no puedo. Solo pretendo ver los pájaros que vuelan fuera y la caída de las hojas en este otoño que se avecina frío y tampoco tengo madera para la calefacción.

Sueño con volar como los pájaros e irme al sur, donde hace calor todo el día, y donde nadie molesta con facturas, ni con problemas: marchar a donde nadie me conozca. Ni siquiera yo mismo.


Felipe Juaristi, periodista y escritor guipuzcoano galardonado en numerosas ocasiones.


DE LA PÁGINA 41 DEL Nº 7 DE LA REVISTA 'Caminar Conociendo'. JULIO DE 1.998

miércoles, 14 de febrero de 2007

Carlos Segovia: 'Los Días Tempranos'


RELATO: ‘Los Días Tempranos’, Carlos Segovia

Me susurraba sus secretos, que viajaban a través del calor de su mejilla contra mi mejilla: que en su casa había nubes, que las hacía su madre con la clara de huevo batida, y que volaban por el pasillo, y ella cogía trozos que se fundían en sus manos. Quizá por eso su casa estaba siempre nublada, en un otoño perenne de huesos fríos, de silencio puro, de azul desnudo y seco. Entonces confirmé con absoluta certeza que era un ángel, porque desde la escalera y a través de su ventana abierta, yo mismo le había visto con su esplendor de ángel, flotando en el aire con un vestido blanco de gotas de luna y con un collar de perlas entre las manos, mientras su madre, agachada, le cosía los bordados de la falda.

Jugábamos a las canicas. Ella las guardaba en una bolsita de tela que se ataba a la cintura y que al andar hacían un ruido como si fueran deseos temblando.

--“¿Y en su casa no tiene fotos de su padre?”, me preguntaba insistentemente mi tía, con su vientre seco de mujer doliente. No tenía, pero yo le decía que sí, que había una foto de un señor con bigote.

--“¿Y ella no habla nunca de su padre?”

--“No, nunca”, contestaba yo, y me marchaba antes de que me preguntase más cosas, furioso y arrepentido, como si hubiera abierto un agujero deslumbrante y doloroso.

Subidos a una silla mirábamos a través de la mirilla de la puerta de su casa. Ella, primero:

--“Ahí están, son pequeños, hablan entre ellos y llevan ropas como las de los retratos antiguos”.

Después miraba yo y por más que insistía con un ojo y después con el otro, acababa con los ojos doloridos, fingiendo, con euforia, ver, yo también, aquellos personajes que ella aseguraba que vivían dentro de la mirilla. “Entre tu y yo”, me de decía.

En la exasperante quietud de plomo de la siesta, entre las sombras sordas se escuchaban los gritos mudos bañados de agonía, de su madre, que cruzaban el patio, la escalera, el pasillo y el silencio coagulado de la casa, hasta descargar contra mi tímpano, aturdido todavía por el sueño de granito. Me despertaba estremecido y confirmaba espantado que yo era el único capaz de escuchar esos lamentos de besos sin dar.
Jugábamos a simular que se nos quedaba en la garganta una espina de la sardina de la merienda, y corríamos gritando que no podíamos respirar, metiéndonos los dedos en la boca para provocarnos arcadas hasta que comprobábamos el escaso efecto pavoroso que ofrecía nuestra actuación y desistíamos para reventar en unas forzadas carcajadas que nos consolaban del fracaso. Aunque, yo creo, que en una de éstas se nos quedó atravesada, realmente, una espina en el alma.

Durante la angustia del atardecer, cuando su madre se marchaba, jugábamos en su casa, entre algo como un aleteante vuelo de palomas. Buscábamos en todos los muebles, registrábamos todos los rincones hasta encontrar cualquier cosa susceptible de considerarla un tesoro. Podía ser una navaja multiuso, o un reloj roto y abierto, o un agujero para escapar de la vida. Una tarde entramos en el dormitorio de su madre y registramos sus cajones, había cartas, muchas cartas escritas con caligrafía tierna, cartas enviadas a un hombre, cargadas de sellos, de trenes, de manos de cartero, y devueltas, como el mar devuelve los cadáveres a la tierra. Leímos aquella tristeza de papel amarillento, desenterrando los residuos de un amor contrariado, y de un sobresalto nos golpeó la palidez de la frente de su madre que nos miraba humillada de dolor, desde la puerta de la habitación, con los poros de la piel abiertos para llorar las lágrimas que no le salían por los ojos. No nos dijo nada, se quedó guardando, de nuevo, sus tristes cartas en su triste alma. Nosotros salimos a la escalera. Ella se quedó acurrucada, sentada en el suelo del rellano, con la cara entre las manos y los codos en la rodilla.

--“Vete”, me dijo sin mirarme.

Bajé al otro rellano y me quedé en la misma postura, mirando de reojo sus sollozos. De pronto se levantó, con los ojos derretidos, cogió su bolsita de canicas, y con una rabia de océano, las arrojó todas por las escaleras, en una cascada de pequeñas lágrimas de colores vivas y saltarinas. Su mirada tenía un pálpito febril, sus dientes mordían el labio inferior, hasta que de él saltó una gota de sangre enferma de dolor, y entonces sus pupilas se precipitaron contra las mías dejándose caer a un vacío de silencio coagulado. Acabó tendida a mis pies, con la mirada perdida en un mundo de olvidos. Un hilo de sangre hirviente alcanzó mis zapatos, y sentí dentro de mí su latido pequeño y triste desacompasando el mío para siempre.

--“No se ha muerto”, me dijeron en casa. ‘Muerte’, quizá esa palabra era una de tantas patrañas que inventaban los mayores porque ella me había confesado que su nariz edra un interruptor de la vida o de la muerte. Si le apretabas moría en una muerte cotidiana de extinto sol, de pesadilla sorda, o de frío. Clic. Se le apretabas vivía para conocer el destino de la risa o de la lluvia.

Pasaron unos días en el hospital y volvieron a casa. Recogieron sus nubes, sus cartas, sus pequeños seres de la mirilla y se marcharon a ese mundo remoto donde mueren los colores.

(*) Carlos Segovia es licenciado en Derecho

(este relato de Carlos Segovia apareció en las páginas 44-45 del nº 7 de la revista ‘Caminar Conociendo’ de julio de 1998 con una ilustración de Eduardo Palacios)