miércoles, 28 de octubre de 2009

Edgar Lee Masters: Frank Drummer

Edgar Lee Masters: FRANK DRUMMER

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De una celda a este sitio sombrío
¡El fin a los veinticinco!
Mi lengua no podía expresar lo que dentro de mí bullía,
y el pueblo creyó que estaba loco.
Pero fue una clara visión al principio,
una noble e irresistible determinación
que me hizo querer aprender de memoria
la Enciclopedia Británica.

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Traducción de José Coronel Urtecho y Ernesto Cardenal
(De 'Poesía Libre. Año IV, nº 10, enero de 1984. Revista de Poesía. Ministerio de Cultura, Managua (Nicaragua)
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Responsable: Julio Valle-Castillo
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Consejo Editorial:
Carlos Calero (Monimbó); Juan Ramón Falcón (Condega); Marvin Ríos (Niquinohomo); Cony Pacheco (Subtiava); Gonzalo Martínez (Bluefields); Gerardo Gadea (Ejército Popular Sandinista)

lunes, 19 de octubre de 2009

Frans Eemil Sillanpää: Canciones proletarias (*)


Silja durmió tan bien que ni siquiera oyó los rumores del camino que pasaba a pocos metros de distancia de la pared de la sala. Unos campesinos, enterados de la llegada de la nueva sirvienta, quisieron demostrarle sus simpatías, dándole uan serenata. Pero no se trataba de canciones bucólicas, sino que se hablaba en ella de proletarios y de derramar sangre 'si era preciso'. El amo velaba todavía y dijo a su mujer que se había encontrado a dos sujetos con escarapela roja, que marcaban el paso como dos soldados y que no le habían saludado.

-Deben de ser ellos los que están ladrando afuera.

-No; se trata de Kalle y Vithori, conozco sus voces; han olido la hembra -respondió la mujer dando media vuelta.

Al poco dormía ya. Su marido se levantó y entró en la sala y, después de haber comprobado que sus dos servidores dormían se acercó a la ventana y miró al camino iluminado por la luna. Los dos muchachos nombrados por su mujer se alejaban lentamente, pero su canto dejó una impresión desagradable en la conciencia del campesino propietario. Al volverse, miró a sus crados dormidos, y luego regresó a su habitación. Antes de dormirse experimentó un temor indefinible.

-Los pobres son tan numerosos que todo irá al diablo si las cosas se complican. No dejarán de quedarse con todo -se dijo suspirando.

*
(Frans Eemil Sillampää, en la novela 'Silja')

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(*) Título añadido

lunes, 21 de septiembre de 2009

Behanzin: Canción camino del exilio

Poesía de África: Dahomey
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Canción compuesta por el rey Behanzin cuando iba para el exilio

*

¿Qué me puede hacer
el extranjero?
Nada puede hacer.
-
En la vida, la trampa de pescar que no tiene pescado
es llevada otra vez a la casa;
el eleffante retornará
a la casa de sus padres.
-
Están en la tierra
y me perturban.
La población se burla de mi.
Pero si me saludan, no me importa,
si no me saludan, no me importa.
-
En la vida, la trampa de pescar que no tiene pescado
es llevada otra vez a la casa;
el elefante retornará
a la casa de sus padres.

*
 
(Tomado de 'Poesía Libre', número 14; revista de poesía; Ministerio de Cultura, Managua-Nicaragua; año V; marzo de 1985)

martes, 1 de septiembre de 2009

José Mª Amigo Zamorano: El Extraño y Verde Amor de Tareo


Fue un acto espontáneo. Libre. Puro. Pero nadie le hizo caso. ¡Pobre Tareo! Siempre pensando en ellas.
Él sabe que estuvo contemplándolas largo rato durante parte de su vida. Encontraba similitudes o parecidos asombrosos.
-¡Qué bonitas! Pero... ¡qué bonitas!
Tareo desde ese lugar recoleto del parque las veía moverse suavemente. Cerró los ojos.
No sabe el rato que estuvo así, lo que si se acuerda es que oyó algo, y abrió los ojos cuando ya el guarda miraba en derredor y como no viera a nadie cerró la puerta de entrada del parque.
Corrió a llamarle pero ya se perdía por entre las calles aledañas.
Se encogió de hombros. Total, no tenía nada que hacer. Y por lo tanto, prisa tampoco. No había previsto acto alguno. Si acaso comer... De eso podía pasar, porque no tenía hambre. Y si le entrara gazuza, que quizás le entrase, en poco más de dos o tres horas abrirían de nuevo el parque. Luego comería en la residencia.
Se dio la vuelta y comenzó a andar por el primer sendero que se encontró. Silencio. Solo el piar de los pájaros y sus pasos lo interrumpía. Y calor. Mucho calor.
Casi sin proponérselo se halló, al poco rato, en su lugar preferido. Un lugar recoleto, rodeado de árboles. Debajo de unos plátanos había un banco. Y justo, enfrente, un estanque. Se sentó. Allí se sentaba siempre. Alargó ambos brazos acariciando con las manos las barras de madera del respaldo del banco. Cerró sus ojos dejándose llevar por el silencio que el canto de los pájaros adornaba. Al arrullo de sus trinos le vinieron ellas a su recuerdo. Un recuerdo placentero, casi lujurioso.
-¡Qué calor hace! Hoy, al sol, se achicharran hasta las cigarras.
De repente dijo en voz alta:
-¿Y si me desnudara?
Y a continuación se preguntó:
-Y... ¿por qué no?
Y dicho y hecho: se quedó como su madre lo pariera, en bolas.
-¡Qué gusto!
Se rió acordándose de lo que cuenta Azaña en sus memorias sobre uno de sus generales, Pedro de la Cerda; al parecer se paseaba por los pinares de Las Navas del Marqués, donde tenía una finca, desnudo. Delante de él iba un soldado diciéndoles a los veraneantes:
-Apártense, que viene el general en cueros.
-¡Qué jodío don Pedro de la Cerda y López Mollinedo! ¡Qué jodío!
Se levantó del banco y comenzó a marcar el paso al ritmo militar:
-Uno, dos, tres, cuatro. Uno, dos, tres, cuatro. ¡Alto! ¡Ya!
Y cuadrándose, se llevó la mano a la frente en actitud de saludo. Miró en derredor como saludando con la vista a unos presuntos espectadores.
-¡Rompan filas, ya!
Con el roce el miembro se le levantó y roto el encuadre de firme se miró hacia abajo prorrumpiendo en sonaras carcajadas.
-¡A sus órdenes, mi comandante fálico!
Y riéndose volvió a sentarse. Cerró los ojos otra vez. Pero aun así seguía contemplándolas. En unos lugares formaban espesas masas. Como esas fotos en las que aparecen miles y que un fotógrafo se ha especializado precisamente en ellas. En otras se portaban como individuos desgajados del entorno, difíciles de disciplinar, anárquicas.
Para él todas eran queridas. Deseables. Con lúbrica ambucia las tenía en su mente.
Además había observado que una de sus partes, aunque en puridad, no tenía movimiento, a veces se movía.
-A ver -se decía- no es un movimiento mecánico.
El sabía que la materia... lo sustancial de la materia... es movimiento, transformación, cambio.
-Veamos la cosa -dijo en alta voz.
Y quería decir que ese movimiento a veces era visible a simple vista. Otras no. Cuando era percibido por el sentido de la vista era muy variable, dependiendo, claro está, de la clase de cada una.
Lo comparaba con las masas de gente, ya puesto que hay masas y masas: no se mueven de la misma manera las que van al fútbol que las que se dirigen a ver una película; o no se comportan lo mismo las que acuden a un concierto de música que aquellas cuyo objetivo es una exposición de pintura...
Y dentro de esas masas los individuos forman submasas: las ariscas, mansas, anodinas...
Abrió los ojos. Pene enhiesto. Deshinibido. Libre. Puro. Natural. Se estiró. Acarició su falo tieso.
-Saluda a Venus que te mira, lúbrica, desde arriba, desde el cielo.
Y volvió a reirse a mandíbula batiente. Como un orate.
Cuando se fue tranquilizando volvió a pensar en ellas obsesivo, insistente, sacándole esas similitudes o pareceres, que ya se ha mentado, en cada una de ellas.
No sólo halló un cierto parecido, pues todas terminaban, una parte de ellas al menos, en punta; eso sí, unas redondeadas, otras más puntiagudas; las había de forma circular; en cuanto a su forma de moverse unas producían irisaciones; en cambio ese mismo movimiento en unas era lánguido, desmayado y en otras vivo, alegre, retozón...
Con todas ellas quería bailar él; las apretaría contra si...
Volvió a estirarse. Esta vez su miembro estaba duro como una piedra.
-¡Miralas! Ahí las tienes. Te miran ansiosas. Son tuyas. Todas. Obsérvalas.
Se levantó y en un arranque de decisión desgajó una rama y se pudo a bailar con ella. Daba vueltas y vueltas como un loco. Apretaba la rama contra él. Las hojas acariciaban su pene. Así estuvo un buen rato como si no estuviera en su ser. Luego, con sumo cuidado, casi con delicadeza, llevó la rama hasta el banco, la depositó con suavidad y le dio un beso a una de sus hojas. Extendió los brazos y giró en redondo.
-Yo soy la naturaleza y la naturaleza me quiere. Y yo las quiera a todas ellas.
Un niño, que había oído voces, se asomó a ese rincón del parque y le dijo a madre:
-Mira, mamá, ese hombre lo tiene como papá.
Fue un acto espontáneo. Puro. Libre. Pero nadie le hizo caso. No lo creyeron cuando lo explicaba. Por eso lo devolvieron al manicomio.
Y cuando se descuidan los loqueros se pasea, como su madre lo parió al mundo, por los alrededores del establecimiento.
¡Pobre Tareo! Siempre agarrado a ellas.


jueves, 23 de julio de 2009

Marglet Cuthbert: Solo vos me traes amor

Marglet Cuthbert: Solo vos me traes amor

El sol me caclienta como tu cuerpo.
El viento frío como tu enojo
y la música que me cantás
es nuestro deseo.

La lluvia es como tus besos
y las palmas son como tus brazos.
Todas las cosas vivas traen felicidad.


*
Marglet Cuthbert
Taller de poesía de Laguna de Perlas

*

Revista 'Poesía libre'. Ministerio de Cultura (Managua, Nicaragua) Año IV, número 10, enero de 1984

sábado, 27 de junio de 2009

Poema leído en un papiro

Aquel jovencísimo sicómoro
que ella plantara con sus propias manos,
cuando entreabre los labios para hablar,
el murmullo de sus hojas verdes
es dulce como el sabor de la miel.

Es bello.

Hermoso, acogedor e íntimo
como el color verdioscuro de sus ramas,
más profundo que el verdor del moral
adonde antaño siendo niña gateara.
Está cuajado de fruta madura,
roja como el jaspe sanguíneo.
Sus hojas tienen el color de la malaquita,
su corteza posee el color del jaspe verde.
Los frutos, ¡ah los frutos!, imanan como el rojo de sus labios.

En fin, atrae a los que no están a su abrigo
porque en su sombra las brisas se refrescan.
Es como si colocara una carta de amor
en la mano de una doncella, hija del mayordomo jefe,
a la que hace correr anhelante hacia el amado:

'Ven a pasar un momento con tus amigos.
El jardín está en fiesta,
y yo guardo el emparrado y la tienda.
Las gentes del jardín se solazan
y son aun más felices cuando te ven aparecer.
Haz venir a los lacayos ante mi con provisiones.
Luego vuelo hacia ti,
y es como si me sintiera ebrio,
sin haber bebido'.

Los servidores vinieron con alimentos,
trajeron variadas cervezas,
panes de todas clases;
muchas flores de ayer y de hoy;
y toda clase de frutos.

¡Oh! que pueda transcurrir el día felizmente
mañana tras mañana,
tres jornadas ininterrumpidas sentándose a mi sombra.

Su amigo está a su diestra.

Ella le da de beber y hace lo que él dice.

Mientras la compañía se hunde en la borrachera,
ella se mantiene apartada de su hermano.

Va y pasea bajo mis ramas,

la hermana,

pero yo guardaré silencio

y no revelaré

ni lo que vea,

ni sus

palabras.

*

Papiro del Egipto Antiguo

(Versión libre de Iswe Letu)

martes, 5 de mayo de 2009

Pedro de la Cerda / Eugenia Lefevre: Ante la policía y sus esbirros (*)


Nos ha dejado don Francisco Correal, un vecino de Las Navas del Marqués, un libro que escribiera, antaño, allá por finales de los años 20 del siglo pasado, Pedro de la Cerda y su esposa Eugenia Lefevre. Pedro de la Cerda -nos informa D. Paco- fue un militar al que, él, compró una finca que hoy se llama La Cerda. Militar que participó en la represión del levantamiento minero de Asturias, durante la II República de España. En las 'Memorias de Azaña' -nos asegura nuestro amigo señalando página y todo- aparece este militar diciendo que el gobierno de esta república estaba lleno de zascandiles. Opinión que llegó a Azaña y que lo destituyó. O algo así. Y, asegura, después no se volvió a saber ni a oír nada de él. En la conversación nos informa, además, que Pedro de la Cerda, el general Alejandro Mas y el pintor Aniceto Marinas se reunían a charlar aquí en Las Navas. Para mayor información asegura que en algunos libros se dice de él, del militar De la Cerda, que daba paseos en 'bolas' por entre los pinos.
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Comenzamos a leer el libro y nos sorprende escribiendo opiniones muy duras sobre la España de su tiempo, del tiempo en el se escribe el libro; es decir: la dictadura del general Primo de Rivera. Manifestamos nuestra sorpresa al que nos ha dejado el libro; quien -tenemos que proclamarlo- es muy amante de las cosas de su pueblo y las conoce al dedillo; y el libro también. Nos dice, sin dudarlo, que es normal, porque Pedro de la Cerda era republicano y estaba siendo maltratado por la dictadura de aquel entonces: la llamada dictablanda. Por eso se fue de España realizando un viaje por el mundo. El libro es el resultado de ese garbeo turístico por el orbe. Se titula 'Viaje universal en busca de la verdad'. Y comienza, según parece, por estos lares.
Así lo describen el militar y su esposa:

"Todo llega en la vida: el 27 de julio de 1928, solitos y sin que nadie se apercibiese, partimos de nuestra casita 'Los Golos', situada en la Sierra de Malagón, a 1.400 metros de altitud, centrada en inmenso y delicioso pinar. Por la tarde, en la capital, recogemos nuestros bagajes, y el 28, temprano, en el rápido, camino de París.
A las once el tren atraviesa el pinar; a lo lejos nuestra casita blanca, solitaria, testigo de nuestras dichas; allí quedan 'Soberbia' y 'Choli', que durante doce años nunca nos abandonaron en penosos viajes, nuestros inolvidables y mejores amigos, los únicos que jamás nos mordieron; espérannos (sic), con gran pena nos atormenta vuestra ausencia. Nos abrazamos; el mismo pensamiento nos asalta. ¿Volveríamos? Siempre unidos y felices en la zozobra y pesares, después de tanta aventura, riesgos y peligros únicos, que animosos y convencidos afrontamos en nuesto viaje. Solos, sin apoyos en el mundo, mas con la fuerza ideal que da nuestra solidaridad, sin abandonos, frente a frente de lo desconocido e inevitable.



Por la noche abandonamos nuestro territorio; después de sufrir todas las vejaciones imaginables ante la policía y sus esbirros, también avergonzados, presentes sus desafueros y obligados por el régimen. Pasamos y seguimos, entrando en Francia sin molestia alguna, el 29 de madrugada en París.



¡¡París, París!! (sic), la antorcha siempre encendida, que jamás toleró apagar un pueblo viril pleno de razón y libertad. Respiramos, nos sentimos superiores; parece que ya no somos bestias, nos elevamos a seres que pueden pensar, sentir y querer libremente. ¡¡París!! (sic), que recoge y ampara todos los anhelos humanos con sus grandezas y liviandades; en donde viven su vida: el sabio, superándose y acercándose hasta la posible sabiduría; el artista, con sus creaciones, elevándose hasta el genio; el vicio y la corrupción, hundiéndose en fétidos y profundos fangos."
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Eugenia Lefevre y Pedro de la Cerda

('Viaje universal en busca de la verdad'; editorial C.I.A.P. -Compañía Ibero-Americana de Publicaciones; Madrid-Barcelona-Buenos Aires, 1930, página 12; Compañía General de Artes Gráficas, Madrid)
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(*) Título nuestro